13 de septiembre de 2011

*AFLIJIDO





«Aflijido»: no es un error ortográfico del periódico, sino la reproducción del nombre del animal tal como consta en el registro civil de los toros, como le viene de sangre, como se llamaban los sucesivos sementales que lo han traído hasta aquí a lo largo de generaciones, según explica el ganadero. Pero la razón genealógica no debería haberse impuesto sobre la ortográfica, porque la mayoría de los nombres de pila han ido adaptándose a la norma de cada época. Además de que no es muy razonable convertir la ignorancia de algún remoto vaquero en credencial de valor cultural, el hecho es que hoy no escribimos Estevan, sino Esteban, ni Calisto en lugar de Calixto. Sin embargo el cosmos taurino se comporta como un mundo aparte en muchos órdenes, y el de la escritura no podía ser menos. El pobre Aflijido ha caído hoy atravesado por la lanza de la tradición tordesillana, tal como muestra la fotografía, y para más inri lo ha hecho con la aflicción añadida de la letra jota, otra premonitoria lanza que trajo clavada desde la cuna.  

*MONITARIA



Sensible a la hecatombe económica, también el idioma va dando indicios de deterioro y confunde las vocales para dar lugar a un involuntario neologismo que tal vez no sea tan descabellado como parece. Pensar que no hablamos de 'monedas' sino de 'monitos' invita a reflexionar acerca del relativo valor de la ciudadanía en estos atribulados tiempos que corren. 


Hoy en elpais.com.

10 de septiembre de 2011

Una coma intrusa


(Teletexto de TVE, 10.8.2011)


«No, a bajar salarios» más parece una decidida exhortación a la explotación laboral que una negativa como la que ha expresado Rubalcaba. Ay, las comas. Como decía mi buen amigo F. a sus alumnos, «no es lo mismo Feliz Nochevieja que Feliz noche, vieja».

4 de agosto de 2011

CONTROLAR


Los contables medievales recurrían al método del contrarotulus para revisar las cuentas mediante un registro duplicado. De ahí salió la voz control, que pronto evolucionaría hacia su actual acepción de 'comprobación', 'inspección' o 'vigilancia' para adoptar, más tardíamente, el significado de 'dominio' o 'mando'. Funciona como verbo transitivo que lleva el complemento de la cosa controlada: «el piloto controla los mandos de la nave», «hay que controlar el gasto público», «su trabajo consiste en controlar las entradas y salidas del edificio». Admite asimismo un uso pronominal cuando se refiere al autodominio de las reacciones e impulsos propios, sin necesidad de ir acompañado por otros complementos: «las personas adultas saben controlarse», «si salís de fiesta, controlaos». Pero recientemente los usos coloquiales han ampliado el área semántica de controlar convirtiéndolo en verbo de conocimiento, sinónimo de saber, conocer o entender («no controlo el inglés», «no me hace falta el manual de instrucciones, ya controlo el programa»). Y, al mismo tiempo, la acepción pronominal ha ido perdiendo poco a poco el pronombre, especialmente cuando se emplea en primera persona. El escueto «yo controlo» es una expresión de suficiencia y de falsa seguridad que en determinadas circunstancias hace temer justamente lo contrario: que quien lo dice haya bebido más de la cuenta o que no esté en condiciones de ponerse al volante del coche. De modo que controlar se ha vuelto un verbo aventurero que se rebela contra los corsés de la semántica heredada en busca de nuevos horizontes. Controlar se ha convertido, en definitiva, en un verbo descontrolado. 

2 de agosto de 2011

SIESTA


Entre las palabras prestadas por el español a otras lenguas se encuentra siesta. Pero su éxito no se debe al boom turístico de hace décadas que exportó otros términos del buen vivir como paella, fiesta, tapas o flamenco. Viene de tiempo atrás. A mediados del siglo XVII ya está documentada la presencia de siesta en el francés y el inglés, que la adoptan con su significado de origen: el sueño que se toma después de comer. Es la hora sexta de los romanos, que dividían la jornada en cuatro tramos de tres horas, cada uno de los cuales recibía el nombre de una de ellas. La hora prima iba desde el amanecer hasta media mañana; la tercia era el periodo que comenzaba con el final de la tercera hora y acababa al mediodía; la sexta correspondía a las primeras horas de la tarde; y  la nona llegaba hasta el anochecer. En el área mediterránea, las horas comprendidas en la sexta invitan al descanso porque coinciden con la fase más calurosa del día. De ahí la costumbre de la sexta (luego diptongada en siesta), ese sueño más bien corto después de la comida principal. Esta es la única siesta en el sentido etimológico del término. En rigor, no deberían ser llamadas así otras cabezadas que la cultura popular conoce como «la siesta del carnero», «del canónigo» o « del burro», pues son las que se duermen antes de comer. Por cierto, los verbos a los que acompaña siesta como complemento directo de la oración son dormir o echar (una deformación fonética de estar: «estar la siesta» aparece a menudo documentada en los textos antiguos). Debe evitarse el catalanismo «hacer la siesta», no por extendido menos extraño al castellano.

6 de junio de 2011

A LO MEJOR

El extranjero que aprende español queda desconcertado ante la locución «a lo mejor». Entiende su presencia en expresiones del tipo «a lo mejor tenemos buen tiempo esta semana» o «a lo mejor se acaba la crisis», donde el cálculo se alía con el deseo y las dudas parecen inclinarse hacia la previsión jubilosa. Pero le cuesta comprender que una madre exclame, ante el retraso del hijo que ha emprendido viaje de vuelta a casa: «a lo mejor le ha pasado algo»; y queda igualmente desconcertado ante ese «a lo mejor me voy al paro» dicho por un trabajador que se enfrenta al incierto destino de su empresa. No es que este sea un idioma de madres desnaturalizadas y vagos irremediables. Es, simplemente, una de esas pintorescas herencias recibidas de un idioma que no siempre evoluciona de acuerdo con la lógica. En su día el «a lo mejor» se aplicó exclusivamente a las probabilidades favorables y a las menos malas dentro de un conjunto de opciones desfavorables. Poco a poco fue haciéndose con todo el ámbito conjetural del incierto «quizá» (de «qui sapit?», es decir, '¿quién sabe?'), sin reparar en el signo bueno o malo de la acción referida. Es más, el uso preferente de «a lo mejor» atañe a los hechos dolorosos, tristes o catastróficos y no a los satisfactorios. ¿Será que el castellano es una lengua de cenizos? ¿Guardará el genio del idioma algún resabio de amargura o de pesimismo que nos coge desprevenidos cada vez que sale a relucir en la frase? Para evitarlo en los vaticinios adversos, los hablantes porfiamos en sustituirlo por un artificioso «a lo peor» que no acaba de cuajar del todo aunque semánticamente resulte más indicado. Pero a lo mejor triunfa un día de estos. A lo mejor.

8 de marzo de 2011

BERLINAS ESTATUTARIAS



Es sabido que al comprar un automóvil compramos algo más que un vehículo de cuatro ruedas. El coche sacia las ansias de distinción de muchos conductores que no se conforman con la potencia del motor y los equipamientos de seguridad a bordo (no ese «abordo» tan común y tan erróneo, por cierto): quieren poderío, grandeza, el signo visible de una superioridad que les permita mirar a los otros conductores con altivo desdén. Los nombres de marcas, tipos y modelos siempre han tratado de adecuarse a ese magnetismo de lo señorial. La última novedad en el vocabulario del automóvil son las «berlinas estatutarias» (sic), un tipo de coche más grande que las (o «los») berlinas comunes. Varias marcas conocidas ya presentan sus modelos de esta gama. Sabemos que la «berlina» recibe su nombre de los carruajes antiguamente usados en Berlín. Pero, ¿y ese curioso adjetivo «estatutario» que parece anunciar un vehículo oficial con chófer y escolta incluidos? ¿Qué clase de 'estatuto' regula su funcionamiento? Todo hace suponer que no hay estatuto alguno, sino «estatus» alto, el de las personas que pueden llegar a adquirirlos. Antiguamente, el nuevo rico llegaba al concesionario mostrando un fajo de billetes con la intención de adquirir un automóvil que dejara boquiabiertos a sus vecinos. ¿Qué coche desea el señor?, le preguntaban solícitos los vendedores. «El más grande que haiga», respondía ufano. Y así entre bromas y veras nació el sustantivo coloquial «haiga» para designar los automóviles ostentosos que solo estaban al alcance de la gente adinerada. Lo más probable es que este «berlina estatutario» no sea sino la versión moderna de aquel «haiga»: otro disparate verbal, otra expresión desternillante.

7 de marzo de 2011

Para la violencia de género

El lenguaje oficial no cesa de darnos sorpresas. Creemos que debería ser una cosa precisa, exacta, libre de ambigüedades y despojada de toda connotación subjetiva. Pero a menudo se presenta bajo la forma indescifrable del acertijo, cuando no de la pura y simple necedad. Un ejemplo: el nombre del organismo público ocupado de la protección de la mujer frente a los actos de brutalidad. Eso que llaman, de forma no demasiado acertada pero ya admitida, la «violencia de género». Pues bien, la entidad recibe el nombre de «Delegación del Gobierno para la Violencia de Género».  Así viene escrito en la página del ministerio —el de Sanidad, Política Social e Igualdad— donde se integra. Con sus reglamentarias, ostentosas y burocráticas mayúsculas iniciales, con su no excesiva longitud si se compara con otros hinchados nombres de cargos, que parecen ideados para dar la razón a esa teoría piramidal de las malas organizaciones según la cual cuanto más largo es el título menos importante es el puesto. Pero ¿por qué se declara «para» la violencia y no «contra» la violencia? La preposición «para» corre el riesgo de ser entendida como un indicador de finalidad positiva (a favor de la violencia, para fomentar la violencia), mientras que «contra» indica una inequívoca oposición a los abusos. El absurdo gramatical resulta más incomprensible si se tiene en cuenta que en el mismo organigrama ministerial ya existe una «Dirección General para la Igualdad en el Empleo y contra la Discriminación», con sus paras y sus contras puestos donde corresponde: el empleo es digno de protección, así que hay que trabajar para ello; la discriminación ha de ser perseguida, de modo que se actúa contra ella.  ¿Por qué, entonces, un organismo para la violencia llamada de género? Ya que no damos con la manera de detener la sangría, al menos intentemos no sembrar confusiones con las palabras que la rodean.

7 de febrero de 2011

Traer sin cuidado

«A mí, plin», dice la expresiva aliteración para expresar la indiferencia del hablante ante un hecho o unas palabras ajenas. Como el idioma español es rico en fórmulas coloquiales que reflejan el desentendimiento, hay quienes han llegado a la conclusión de que los hispanohablantes somos de natural despreocupado, flojo e indolente. Las palabras ajenas «nos entran por un oído y nos salen por otro», vemos pasar los acontecimientos «como quien oye llover» y disponemos de un amplio repertorio de metáforas para indicar cuándo algo no nos afecta: esto nos importa «un rábano», aquello nos importa «un pito», eso otro nos importa «un bledo». Esta especie de ataraxia, a medio camino entre la entereza estoica y la abulia egoísta, encuentra también su reflejo en ciertas acciones figuradas que se encomiendan a dos verbos: «traer» y «pasar». Decimos que «nos trae sin cuidado» todo aquello que no despierta nuestro interés, que nos «trae al pairo» –es decir, como la nave que permanece quieta en medio de la mar en calma- o, más groseramente, «nos la trae floja». Por su parte, el verbo «pasar» (solo o con adverbios como el altivo «olímpicamente") subraya la voluntad expresa del indiferente de no participar en el juego, de permanecer ajeno a las provocaciones o los envites de la realidad exterior. Pero donde «pasar» adquiere una definitiva carga de desdén y menosprecio es al ir acompañado de complementos anatómicos del tipo «por la entrepierna» o «por el arco del triunfo». No es extraño, pues, que en esta carrera hacia la cruda expresividad hayamos podido oír en la calle a alguien que decía: «eso me entra por un huevo y me sale por el otro». Más tajante, imposible.

6 de febrero de 2011

Diminutivos navarros

Como la mayoría de mis paisanos, empleo mucho el -ico. El diminutivo, quiero decir. Aunque estoy acostumbrado a cambiar de registro, cuando salgo fuera me descubro a menudo pronunciando ese sufijo delator que tanta gracia hace por ahí. No lo puedo evitar. Consigo ocultar los localismos, abstenerme de caer en condicionales del tipo «si estaría» y racionar al máximo los «pues» al final de pregunta. Pero el -ico me sigue a todas partes y en cuanto bajo la guardia me irrumpe en la boca para ponerme en evidencia. Creo que, después de tanto esfuerzo en vano por quitármelo de encima como quien trata de sacudirse el pelo de la dehesa, he llegado a la resignada conclusión de que tampoco es tan mala compañía. Tiene su encanto, ¿no creen? Un poco pueblerino sí que suena, pero desde que supimos que también lo usan los colombianos, y los cubanos, es como si hubiera adquirido un aire más interoceánico y cosmopolita. Así que su empleo en pequeñas dosis puede resultar hasta enriquecedor. Sobre todo cuando da cauce a la expresión de los afectos, como una palmadita cariñosa en el hombro del sustantivo, como una sonrisa dibujada en la estela de los epítetos o de los adverbios. Sí, los diminutivos con sabor local tienen su punto. Pero antes de que los profesores de lengua recorten este artículo para triturarlo en la clase de comentario de texto, déjenme advertirles que esto no es un elogio de los icos a discreción. Al contrario, me sulfura oírlos usados como estandartes identitarios, como gritos de pertenencia, como emblemas de adhesión al terruño. Hablar de navarricos, esparraguicos, txistorricas o pamplonicas puede estar bien para dar un toque de color en las reuniones familiares o en las conversaciones de barra de bar, pero no tanto cuando se convierte en un acto de ostentación verbal con ribetes patrióticos. Háganme caso: no malgasten en fatuas retóricas ese tesoro dialectal. Resérvenlo para cosas pequeñas y simples como tomar un cortadico con los amigos. O jugar con los nieticos. O, qué sé yo, poner la última palabra en una columnica.

Publicado en Diario de Navarra, 5.2.2011

1 de febrero de 2011

Eufemismos



«Tras una larga enfermedad» es la fórmula eufemística con que el lenguaje del periodismo al uso elude la palabra «cáncer». Suele justificarse diciendo que los enfermos prefieren que sea así. Pero aquí hay una periodista de una pieza que reclamó su derecho a enfrentarse al cáncer a cara descubierta y sin tapujos verbales. Esa periodista acaba de morir. Descanse en paz.

MASA CRÍTICA

Cuando el lector oiga hablar de «masa crítica», no piense en una muchedumbre alborotada. El concepto se ha instalado en el repertorio de frases vacías de muchos políticos, traído de la sociología, que a su vez lo tomó prestado de la física. Es esta una ruta bastante común de ciertas palabras y sintagmas, que en origen presentan el significado objetivo de los tecnicismos, que luego caminan hacia cierta abstracción lindante con la ambigüedad, y que más tarde se vulgarizan sirviendo tanto para un roto que para un descosido. Piénsese, por ejemplo, en otro vocablo de moda: «resiliencia», tan exacta cuando se refiere a fenómenos físicos, adoptada después por la psicología de manera más borrosa, y ahora en boca de cualquiera que pretenda referirse a cualidades como el aguante, la fortaleza, la paciencia o el coraje frente a la adversidad. En su sentido de partida, la «masa crítica» es la cantidad mínima que se precisa para que un elemento o sustancia provoque una reacción nuclear en cadena. Por analogía, los estudios sociológicos se refieren mediante ella al número de personas necesario para que un fenómeno se desarrolle y crezca por sí solo. Evidentemente, en la mayoría de los casos ese número es fijado por aproximación: no es posible saber a ciencia cierta cuántos consumidores hacen falta para crear una moda en el vestir. Pero a menudo el político y el economista, y el periodista, tienden a usar «masa crítica» como sinónimo de «población», «colectividad» o «grupo de personas»: «El festival va dirigido a la masa crítica de amantes del cine»; «las nuevas medidas serán bien acogidas por la masa crítica de los estudiantes». No es esto. No está mal que la lengua de los políticos y con ella la de la calle, que la imita, busquen la exactitud de la jerga científica. El mal ocurre cuando la palabrería hueca devora a la precisión.

31 de enero de 2011

MENDRUGO



Recuerda que ni siquiera Cervantes se libró de caer en las redundancias. ¿Acaso hay mendrugos que no sean de pan?

24 de enero de 2011

TRASTORNO *MOTRIZ


Habría estado bien que, aparte de los sistemas de reconocimiento de voz, de los programas de teclado en pantalla y de los filtros de teclado, Microsoft ideara una herramienta para la corrección de concordancias de género y de número, infinitamente más sencilla que todo eso.

23 de enero de 2011

EMÉRITO

La Universidad aplica el adjetivo «emérito» en forma de título a los profesores que, habiendo alcanzado la edad de jubilación, prorrogan el ejercicio de la docencia o la investigación o mantienen algún otro vínculo académico con sus centros de enseñanza. Hay quienes, quizá llevados por el proverbial respeto a las canas, lo emparentan con «mérito», creyendo que la condición de emérito lleva aparejado el reconocimiento de una especial valía o de una excelencia singular. No es forzosamente así. La palabra, originaria del latín pero recuperada a través inglés como en tantos otros casos, es el participio del verbo «emereo», que tiene el significado de 'obtener la licencia en el servicio militar'. El ‘emeritus’ latino era, pues, el licenciado en la mili. Por eso «emérito» no es un título restringido al ámbito universitario, sino que puede valer también para otros empleos o cargos. Aunque no se use en estos casos, nada impide considerar emérita a cualquier persona que, retirada por razón de edad, conserva algún beneficio derivado de su anterior actividad. En suma: un sinónimo de «jubilado» o incluso de «pensionista», pues también muchos de éstos cobran por haber trabajado durante largo tiempo. Pero la Universidad sigue haciéndonos creer que sus profesores eméritos son el equivalente doméstico de los doctores ‘honoris causa’ sin hacer distingos entre los verdaderamente notables y quienes, para tormento de sus alumnos, alargan la vida profesional sólo por percibir una mayor retribución o por no sentirse inútiles. Que haya eméritos meritorios no significa que todos los eméritos merezcan el mismo trato de excelencia y respeto.

18 de enero de 2011

VISIBILIZAR

Ha dicho la ministra Pajín que con el proyecto de ley para la igualdad de trato y la «no discriminación» (ay, esa manía de afirmar negando) el Gobierno pretende «sacar a la luz y visibilizar los problemas de discriminación que existen en la sociedad». Bien está hacer patentes los problemas, pero ¿no sería mejor resolverlos? Hay una variante del neoespañol político que, de tanto preocuparse por enfatizar las buenas intenciones, olvida los actos. Pero por palabras que no quede. La locución verbal «sacar a la luz» y el verbo «visibilizar» vienen a decir lo mismo. En el lenguaje metafórico de moda, se entiende por «visibilizar» la acción de hacer visible algo que permanece oculto, de llamar la atención sobre una realidad inadvertida, especialmente cuando concierne a grupos sociales marginados o injustamente tratados. Sin embargo la redundancia de la ministra tiene su explicación. Mientras el primer verbo del binomio cumple una función referencial, el segundo incorpora el toque emotivo. «Sacar a la luz» carga con la denotación; «visibilizar», con la no menos necesaria connotación. Y esa connotación favorable, aromática, lleva la marca acreditativa de un lenguaje a la moda que se complace en la solemnidad de las palabras largas, en la autoridad de los vocablos instaurados por la corrección política. Hasta la fonética parece estar del lado de este verbo que arrastra los fonemas con un suave y prolongado bisbiseo, igual que las beatas cuando rezan el rosario, un verbo bendecido que no necesita prueba ni resultado y tan bonito que acaba tapando con fermosa cobertura aquello mismo que supuestamente trata de mostrar en su lado más descarnado.

14 de enero de 2011

Una errata envenenada


El recorte corresponde a un ejemplar de Asturias Diario de 1979. Se ve que el entonces 'joven abogado' Álvarez Cascos ya cosechaba enemigos, aunque estos fueran solo duendes de imprenta. Pero una consonante se le escapa a cualquiera, ¿no es cierto? La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque la titulación universitaria de nuestro hombre no es la de abogado, sino la de ingeniero de caminos. Mucha errata parece.

(De la Guía indiscreta de Gijón, de Fernando Poblet. Silverio Cañada editor, Gijón, 198o, p. 113)

13 de enero de 2011

De risa

Cuando el humor del absurdo se encuentra con el absurdo humor de una web mal traducida:


Faemino Y Cansado Entradas


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12 de enero de 2011

ACHACAR

Se puede decir que el Gobierno «achaca la subida de la electricidad al coste energético», pero no que las asociaciones pro-vida «achacan el descenso del número de abortos a diversas causas». Son titulares de dos recientes despachos de prensa que presentan usos distintos del verbo «achacar». Aunque a primera vista las construcciones son sintácticamente parejas (verbo, complemento directo y complemento de régimen) y semánticamente similares (un sujeto atribuye o imputa una consecuencia a algo o alguien), hay una diferencia fundamental entre ellas. Mientras en un caso la acción analizada es negativa, en el otro tiene un sentido opuesto. Y es ahí donde el verbo «achacar» impone una estricta regla de uso: solo admite la compañía de sustantivos que designen acciones inconvenientes, imperfectas, dañinas o adversas. Un deportista en horas bajas achaca sus malos resultados al estrés. Una buena parte de los accidentes de tráfico son achacados a descuidos del conductor. El ayuntamiento achaca el retraso en unas obras a la falta de ingresos. Pero los triunfos, las alegrías y las acciones ejemplares no se «achacan», sino en todo caso se «atribuyen». Es erróneo, por tanto, escribir que una ETT «achaca el incremento de contratos fijos a la mayor confianza empresarial», como podía leerse en un periódico de economía, a no ser que consideremos ese incremento perjudicial para los trabajadores o las empresas. Tampoco parece adecuado informar de que Ruiz-Gallardón «achaca los buenos datos de pernoctaciones turísticas en la capital al efecto Copa del Mundo de Fútbol», salvo que el alcalde madrileño lamente atraer visitantes a su ciudad. Un nuevo achaque lingüístico que empieza a abrirse paso.

11 de enero de 2011

Asesinos de la lengua

La lista negra de los 10 asesinos de la lengua, según Arcadi Espada:


1. Los comisarios de arte

2. Los poéticos

3. Los pedagogos

4. Los leguleyos

5. Leire Pajín

6. Las Mis Labores

7. Los confusos

8. Los periodistas deportivos

9. Los panorámicos

10. Los correctores de estilo


Coincido en seis de los reos, pero en el resto empezaría por otros. Hay crímenes y crímenes.

2 de enero de 2011

BARAJAR

Abundan las voces castellanas traídas del juego de naipes y puestas metafóricamente ―solas o formando parte de frases hechas― al servicio de diversas situaciones. De quien ha hecho un gran esfuerzo decimos que «se da un tute» y quien se anticipa hábilmente a otro le ha «ganado por la mano»; en las reprimendas francas y enérgicas «cantamos las cuarenta» a alguien y, si desafiamos por lo alto, estamos «echando un órdago». Para otras circunstancias valen «ir de farol», «pillar en un renuncio», «jugar sus bazas», «servir de comodín»… Pero es quizá el verbo «barajar» el más empleado fuera de las timbas: «El Gobierno baraja varios nombres para la cartera de Exteriores», «Ninguno de los candidatos barajados por la prensa obtuvo finalmente el premio». Se entiende aquí que «barajar» equivale a considerar las distintas posibilidades que afectan a un asunto antes de tomar una decisión, igual que cuando oímos que «se barajan muchas cifras» suponemos que es grande el número de datos que intervienen en el estudio o la operación financiera correspondiente. Sin embargo, ¿cómo entender ese otro uso del verbo que no comprende más que una posibilidad, como sinónimo de «considerar» o «estudiar»?: «El PSOE dice que solo baraja un candidato para las generales» o «el Gobierno baraja retrasar la jubilación sin poner una edad exacta». ¿Cuándo se ha visto barajar con una sola carta? Sobre atentar contra la lógica, el mal empleo de la palabra en tales casos hace temer que detrás del figurado naipe haya un prestidigitador o un tahúr que esconde otras cartas bajo la manga.

1 de enero de 2011

Guerra de hipocorísticos


Los delicados límites de la confianza y del desprecio en el uso de los nombres familiares. Lo ha explicado muy bien el maestro Santiago González.

30 de diciembre de 2010

PORNOMISERIA

Ya nadie teme a la palabra «telebasura». El término, felizmente incorporado al español a finales del siglo XX, se ha convertido en la práctica en un tecnicismo de la comunicación audiovisual. Despojado ya de sus connotaciones críticas, mansamente dulcificado, define más que descalifica. Salvo en honrosas excepciones, hablar hoy de televisión basura es incurrir en un desgastado pleonasmo. Por eso se percibe la necesidad de hallar nuevos vocablos para designar los subproductos más vomitivos, los programas aún insoportables, esos que aún conservan la facultad de dar arcadas incluso al espectador omnívoro acostumbrado a tragar la bazofia de la telebasura tradicional. Y se empieza a oír otra palabra compuesta: «pornomiseria». No es nueva del todo. Surgió hace cuatro décadas en Colombia, en la jerga del cine, aplicada a cierto tipo de películas documentales que se recreaban en la exhibición de la pobreza y la marginalidad social. La obscenidad residía en el hecho de disfrazar de denuncia realista lo que estaba ideado para hacer de la miseria un espectáculo, para explotar el sensacionalismo del harapo y el crimen: igual que los nuevos espacios de la telebasura disfrazados de testimonio social. El equivalente inglés de «pornomiseria» es más reciente. Se empezó a hablar de «poverty porn» a raíz del estreno de 'Slumdog millionaire', el filme de Danny Boyle sobre los arrabales de Mumbay que consiguió el Oscar de 2009. En la alocada carrera tras el sensacionalismo en que se ha sumido la televisión, «pornomiseria» se revela como una posibilidad para poner nombre a su actitud y a sus programaciones, más allá de la simple y se diría que inocente «telebasura».

28 de diciembre de 2010

Fecundan






El ángel es fecundado por dos pastores. Ah, estos inocentes estudiantes de bachillerato.

27 de diciembre de 2010

Cobardía ortográfica


Si algo no tolera la ortografía es la vacilación. Un catálogo de normas ortográficas podrá establecer diferentes clases y categorías de incorrecciones, desde las inaceptables hasta las más leves, pero nunca debe renunciar a la fijación de las formas correctas. Es su cometido. Para eso nació la ortografía como disciplina y con ese propósito han trabajado los gramáticos y filólogos que se han ocupado de ella a lo largo de la historia. Contra lo que pueda suponerse, el hablante no pide flexibilidad ni indulgencia, sino rigor. Reclama de los sabios unas pautas concretas, unas normas precisas a las que atenerse en el uso de la lengua escrita. Que luego las incumpla, es otra cosa. Así que cabe dudar de la oportunidad de los preceptos ortográficos cuando optan por la pusilánime escapatoria de las recomendaciones. De todas las vertientes de la actividad académica, ésta es sin duda la más normativa y la que menos terreno ha de dejar a la ambigüedad. Los significados de las palabras toleran variantes, matices y connotaciones diversas. También la morfología y la sintaxis conocen zonas de sombra donde es delicado marcar la frontera entre lo correcto y lo incorrecto. En cambio la ortografía permite, por su propia naturaleza arbitraria, separar de forma inequívoca el acierto y el error. El mayor reproche que puede hacerse a la Nueva ortografía de las academias no tiene que ver con las tildes en los monosílabos, el nombre de algunas letras o el tratamiento de los dígrafos: ahí ha fijado la norma, como era su obligación. Si defrauda es por el excesivo número de casos en que admite una forma y su contraria. También hay cobardes ortográficos.

20 de diciembre de 2010

*PECÉ


Si ella levantara la cabeza tendría que resignarse y aceptar que hoy ya no existe otro PC que el Personal Computer, el *pecé verdadero. Pero también a este le empieza a alcanzar el crepúsculo de las ideologías. Clientes, parroquianos, usuarios, militantes, ya todo es uno y lo mismo. Perdido el referente, las palabras bailan sueltas en la pista bajo la ruidosa confusión de los signos.

(El País, 19.12.10)

14 de diciembre de 2010

D.E.P.


«El neologismo es el factor principal de enriquecimiento de una lengua. Lo nuevo se define por oposición a lo antiguo. Pero la aparición y aceptación de un término nuevo no implica la desaparición de otro viejo. Si implicara esta desaparición no habría enriquecimiento; habría, a lo sumo, equilibrio, suponiendo que no hubiera más pérdidas en la lengua que éstas hipotéticamente provocadas por el neologismo. El término antiguo subsistirá mientras subsista la cosa por él designada. El neologismo astronáutica no ha arrumbado el término aviación, porque sigue existiendo el sistema de transporte designado por este nombre. El léxico no constituye, como la gramática, un conjunto cerrado y estructurado rígidamente. Por eso puede producirse un enriquecimiento constante de la suma de términos que lo constituyen.

»No hay, pues, motivo para rechazar a priori un neologismo simplemente porque el término nuevo, el nuevo sentido de la palabra, la asociación verbal inusitada hasta ahora, no figura en el diccionario. Si el neologismo responde a una necesidad y se ajusta a las normas del sistema cuya carta de ciudadanía solicita, hay fuertes razones para otorgársela y muchas posibilidades de que se le otorgue».



(Discurso de ingreso en la RAE de Valentín García Yebra, 28.4.1918 -13.12.2010)

13 de diciembre de 2010

'HACKTIVISMO'


Cada acontecimiento trae consigo una nueva palabra, ya se trate de «tsunami» cuando las olas del mar han arrasado los litorales asiáticos, ya de los «ERE» cuya amenaza sobrevuela fábricas y plantas de producción. Nuestro vocabulario no se nutre solo de términos aprendidos en el deambular vital, en hogar o en la escuela. Lo van enriqueciendo también el curso de la historia y sus sobresaltos, y más cuando entran en juego los adelantos técnicos. Es el caso de «hacktivismo», un neologismo formado por el cruce del cuerpo léxico de «hacker» y el de «activismo», favorecido por la similitud fonética del inicio de ambos. Aunque ya estaba instalado en algunas jergas, se ha empezado a oír más ampliamente a raíz del fenómeno Wikileaks. Un intruso («hacker», es decir, 'pirata') accede a una información reservada mediante la manipulación de sistemas informáticos y emplea esa información con fines políticos. Es, pues, un «activista». Para unos, un «ciberterrorista»; en cambio otros lo considerarán un benefactor de la humanidad. Es esta última la acepción más extendida del término «activista». El Diccionario, que hasta ahora lo definía como «agitador político, miembro que en un grupo o partido interviene activamente en la propaganda o practica la acción directa», registrará en la próxima edición un sentido más favorable: «militante de un movimiento social, de una organización sindical o de un partido político que interviene activamente en la propaganda y el proselitismo de sus ideas». Tecnología, política y espionaje forman un triángulo complicado. De momento, los «hacktivistas» o «hactivistas» se han colocado en su centro. Veremos cuánto tiempo permanecen ahí.

10 de diciembre de 2010

ASTEROIDES


Si eso era lo que tomaban, no es extraño que volasen.

(La Nueva España, 10.12.2010)

No son horas


A la vista de la carta, no se sabe si la suspensión de la destinataria es debida a los cargos que se le imputan, al hecho de haber salido de una comandancia de la Guardia Civil o a la circunstancia de haber salido de noche. Una muestra más de las tradicionales desavenencias entre los poderes y la sintaxis.

7 de diciembre de 2010

Un tirón de orejas




Gabino Ramos, que es autoridad en la materia por partida doble, propone dar un tirón de orejas a ciertos gremios. Aquí dejo el recorte de una entrevista en el Diario de Burgos:


—No parece que corran buenos tiempos para la oratoria política... Escuchándoles [a los políticos] da la impresión de que no suelen recurrir mucho al diccionario.

—No se puede generalizar, pero hay que reconocer que muchos de nuestros políticos son ‘semianalfabetos lingüísticos’. No creo que consulten muchos diccionarios.

—¿Qué me dice de los medios de comunicación?

—Creo que son aceptables, nada más. Deberían procurar hacerlo mejor, esforzarse por acercarse lo más posible al nivel de las personas cultas. Todos merecemos un tirón de orejas. Reconozco que es muy difícil ponerse delante de un micrófono y hacerlo siempre bien. Hay que ser indulgentes. La gran amenaza para nuestro idioma son esos programas que no quiero nombrar y que son el escaparate más espantoso de la zafiedad y de múltiples coces al diccionario.



(La foto, de Patricia)

30 de noviembre de 2010

INJERENCIA *INTERNA



Si injerir es meter una cosa en otra, se supone que la cosa metida viene del exterior, así que difícilmente una injerencia puede ser interna. Pero el espionaje es un asunto muy complicado donde suele decirse que las apariencias engañan. Quién sabe.



Unas horas después:


Acuerdo de Guadalajara


Es una nota difundida por las academias del español. Se agradece que nos informen de dónde está San Millán de la Cogolla, de que las horas que siguieron al terrible seísmo de Chile fueron tristes, y especialmente de que la nueva Ortografía nació desde la unidad, igual que los niños nacen desde las maternidades y los ríos nacen desde las montañas.

27 de noviembre de 2010

Español degollado


Una escabechina en el idioma para informar de un crimen igual de tremenbundo. Ándale, güey.

23 de noviembre de 2010

Trabalenguas


Es lo que pasa cuando se tiene la costumbre de decir las cosas de forma oscura.

Podría haber dicho:

«ETA tiene que cerrar el ciclo de afirmación de la violencia»

O más sencillo:

«ETA tiene que acabar con la violencia»

Y aún más simple:

«ETA tiene que dejar las armas»
«ETA tiene que desaparecer»

Si quiso decir esto, ¿por qué entonces dijo lo contrario?:

«ETA va a tener que tener claro que urge cerrar el ciclo de negación de la violencia»,

que es lo mismo que:

«ETA tiene que volver a la violencia cuanto antes»,

digo yo.

TRASPASAR


Si hemos de hacer caso al titular, la amenaza carece de importancia. Traspasar las aguas supondría llegar a la misma costa norcoreana, cosa bastante improbable. Que las tropas surcoreanas decidan invadir las aguas o penetrar en ellas, sin embargo, es algo que tal como está el patio podría suceder en cualquier momento. Ah, esos verbos.

22 de noviembre de 2010

El cazador cazado


Una historia chilena de puristas que ven las pajas en el ojo ajeno y no las vigas en el propio. Suele pasar.

20 de noviembre de 2010

Sujeto electoral

La izquierda abertzale siempre ha sido maestra en la fabricación de circunloquios y eufemismos para burlar la realidad y planear por encima de ella como si estuviera exenta de atender a su lógica como el resto de los mortales. Su última invención es ese «sujeto electoral» que englobaría a fuerzas como Aralar, Eusko Alkartasuna y la formación que en su caso represente a la ilegalizada Batasuna o su sucedáneo. Es decir, lo que siempre se ha llamado «agrupación» o «coalición» electoral. La necesidad de evitar el nombre exacto de las cosas parece lógica en el ámbito delictivo: si el atracador conocido como «El Solitario» se declara «expropiador de bancos» y los asesinatos terroristas son «acciones armadas» a los ojos de la hinchada que los alienta, es porque de esa manera el crimen queda dulcificado con el azúcar de las palabras. Ahora bien, cuando los proyectos se comprometen a cumplir con la legalidad no parecen necesarias las máscaras verbales. Tal vez en su nueva travesía la izquierda abertzale no ha querido desprenderse de los hábitos de escapismo lingüístico para mantener así una tradición propia, un sello de marca, una seña de identidad. Su obstinada pelea contra la evidencia ha ido siempre acompañada de una no menos terca discrepancia de la semántica. Si el sujeto es la persona que ejerce la acción, el único «sujeto electoral» posible son los ciudadanos individualmente considerados, no las formaciones que piden su voto y que serían más bien «objeto» de la elección. En otro sentido, el sintagma «objeto electoral» se ha empleado a veces para designar los señuelos humanos o materiales usados para atraer el voto. O para las urnas y las papeletas, objetos de indiscutible presencia en la liturgia de los comicios. No se sabe todavía si la izquierda abertzale conseguirá participar en la próxima consulta; pero, de momento, ya ha emprendido su particular campaña de signos. De signos dislocados, como de costumbre.

Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo.

16 de noviembre de 2010

LEITMOTIV


En los setenta, que eran años de experimentos narrativos, muchas de las novelas que leíamos los estudiantes de filología con fe de carbonero tenían un leitmotiv (entonces también se escribía leitmotif). La palabra era un término de la musicología traído del alemán –a propósito de Wagner- y llevado a la literatura, donde servía para denominar los elementos recurrentes del relato, en especial los que adquirían un valor simbólico. Hablar del leitmotiv de una novela lucía mucho. Un detalle gafapasta, podríamos decir, aunque entonces se prefería hablar de sabiondos, pedantes o redichos. Sin embargo el término ha triunfado, y hoy no es raro encontrarlo en diversos ámbitos, no siempre usado conforme al rigor etimológico. A ese gran escultor y excelente tipo que es Martín Chirino le oír referirse a los leitmotivs en su obra hace ya un cuarto de siglo. Sabía de lo que hablaba. Por eso desagrada ver que ponen en su boca palabras entrecomilladas que él no ha podido pronunciar. Un hombre culto como él nunca diría *leiv-motiv. Y un redactor, por ignorante del alemán que sea, ha de saber que en español las palabras compuestas nunca llevan un guión para separar los dos cuerpos léxicos que contienen.

15 de noviembre de 2010

Concordancias


Ante casos así, al hablante se le plantean dudas de dónde ha de mirar para dar con la concordancia apropiada. Podría hacerlo en femenino singular, lo más correcto, o en masculino plural, en la variante 'ad sensum' que, sin ser correcta gramaticalmente hablando, encuentra justificación en el complemento nominal. Pero aquí alguien ha optado por un término medio, tan salomónico como absurdo: el atributo concuerda con el núcleo del sujeto en número y con el complemento en género. Una solución imaginativa.

7 de noviembre de 2010

EVITAR



«Los Red Bull evitan el título en Brasil», informan desde la pista. Es que el trofeo de la Fórmula I tiene que suponer una pesada carga, un saco de inconvenientes y molestias, un peligro extraordinario. Solo de pensar en los autógrafos y en el acoso de las seguidoras, es que a uno se le ponen los pelos de punta. Que lo gane Alonso, que para eso es asturiano.

(elmundo.es, 7.11.10)


Y ya que hablamos de evitar: lo que se habría podido evitar es este otro galimatías, una apoteosis de sinrazón gramatical a tono con la confusión causada por los acontecimientos de los que informa la noticia:





Un perfecto insulto


En la vigésima segunda edición del DRAE, el apelativo «mierda» en su acepción coloquial se define como «persona sin cualidades ni méritos». Es un insulto, por supuesto. Pero leída la definición en su literalidad parece que no constituye un agravio de bulto, y que podría emplearse para designar a personas comunes y corrientes con la intención de rebajarlas pero no de denigrarlas, de devaluarlas sin llegar al vejamen o la ofensa. Es lo que han sostenido algunos abogados hermeneutas ante el piropo que el novelista Pérez-Reverte dedicó al ex ministro Moratinos a raíz de su emotiva despedida en el Congreso: «Se fue –escribió- como un perfecto mierda». Leyendo sus argumentos se diría que existe un empleo poco menos que cariñoso de «mierda» que nada tiene que ver con lo escatológico ni lo injurioso, un uso según el cual el vocablo se limita a rebajar el relieve de la persona otorgándole la consideración de don nadie, de mindundi, de cero a la izquierda. No importa que el escritor hubiera redondeado su juicio con un adjetivo («perfecto») que no deja lugar a dudas. «Perfecto» es aquel o aquello que posee una virtud o un defecto en grado sumo. Sin embargo el diccionario no se queda ahí. Si el lector atento revisa la voz mierda» en la versión digital del DRAE, observará que aparece corregida mediante una enmienda con valor normativo. Donde antes se indicaba «persona sin cualidades ni méritos» se ofrece ahora una explicación más precisa, escueta y ajustada al uso común de la palabra: «persona despreciable», se nos dice. Así figurará en la vigésima tercera edición del Diccionario y así debemos considerarla al margen de cualquier impresión subjetiva. Los responsables de ese acertado cambio en la redacción del artículo son los señores académicos, entre los cuales se encuentra por méritos propios el mismo Pérez-Reverte. De donde se deduce que sabía exactamente lo que decía. Bueno es él dando mandobles.

(Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo, 6.11.10)

4 de noviembre de 2010

FALLECER


¿Pueden fallecer los pulpos? ¿O solamente «mueren», como todos los animales y el resto de seres vivos? Si bien el DRAE registra «fallecer» como sinónimo de «morir», María Moliner especifica que «fallecer» sólo es «morir una persona». Y lo mismo dice la mayoría de diccionarios solventes, fieles a la etimología del término. El verbo latino «fallere» ('fallar, faltar') dio origen a distintos vocablos, entre los cuales se encuentra el derivado «fallescer» o «fallecer». Éste empezó a usarse en la Edad Media con el mismo significado que «faller», hasta que en el siglo XVI adoptó el sentido de 'morir'. Era un eufemismo de los muchos que la cultura ha ido creando en torno a la muerte, el tabú por excelencia. Los hablantes huimos de la palabra «morir» e inventamos otras formas de referirnos al hecho definitivo en la absurda pero comprensible creencia de que ahuyentando la palabra conjuramos junto con ella el mal que representa. Y lo hacemos de muy diversas formas, desde las burlescas («estirar la pata»», «doblar la servilleta», «dejar de fumar») hasta las bravuconas («diñarla», «palmar») o las más melindrosas («expirar», «finar», «fallecer»). Pero «fallecer» da a entender que el ser muerto no sólo abandona la vida, sino que deja un hueco, que «falta», que es «echado en falta» por los otros. Es decir, encierra unas innegables connotaciones de humanización que no posee el verbo «morir», más genérico, más frío y también más directo. Las personas mueren y fallecen, los animales se limitan a morir sin más. Si el famoso y laureado pulpo Paul «ha fallecido», tal y como anunció en sus noticiarios la radio pública, es porque la fortuna le condujo en vida al mundo de los humanos y le concedió atributos que un cefalópodo nunca habría podido soñar. Nadie aclaró si le rendirían honores fúnebres, pero es probable que así fuera, y que alguien lo haya recordado en una sentida necrológica. Descanse en paz el dichoso animalito.

2 de noviembre de 2010

*PREVEER


La noticia cuenta que «en 2010 se preveyó 15 millones para esta prestación». Ni el verbo *preveer existe, ni en este caso guarda la debida concordancia con el sujeto (que es el plural «15 millones»), ni se presenta en la forma verbal del perfecto compuesto (han previsto) como sería lo apropiado. Todos incurrimos en errores, pero cometerlos por partida triple en una sola palabra es operación de mucho y difícil mérito.

(Diario de Noticias de Navarra, 2 .11.10)

Ultracorrección


Hemos aprendido a no decir «*Madriz» sino «Madrid», aunque la –d final se nos siga resistiendo y su fonema quede en un quiero y no puedo, a medias entre el dental sonoro y el absoluto silencio. Pero en ese empeño de disciplina ortofónica hay quienes se pasan de frenada y aplican la norma a palabras a las que no les corresponde. Y se oye entonces el eco redicho y grotesco de la ultracorrección: «*mordad». Con lo sencillo que es decir y escribir «mordaz».

(La Voz de Cádiz, 2.11.10)

31 de octubre de 2010

EN TORNO


Parece que últimamente abundan las confusiones en los usos de «en torno» y «entorno». Esta es solo una muestra, leve si se la compara con casos como el de Bono, presidente del Congreso, quien hace poco abrió una sesión de la Cámara anunciando a los diputados que la daría por terminada «en el entorno de las tres».

Rascaleches



¡Rascacielos! Qué risa: ¡Rascaleches!

(Silbo de afirmación en la aldea. Miguel Hernández, 1910-2010)


(Foto: Bilbao, 30 de noviembre de 2010, día del centenario)

27 de agosto de 2010

CRECER


Entre el final de la última temporada y el comienzo de esta que se nos viene encima, el fútbol ha estado a punto de alcanzar el ideal del movimiento perpetuo, de la orgía continuada en la que un espasmo sucede a otro sin dar tiempo al respiro. Ha habido fútbol todas las semanas, casi todos los días y a todas horas. Es un error. No hay deseo que perdure si no se le somete a la prueba de la ausencia. Para saborear algo es preciso haberlo añorado. Sin embargo la burbuja futbolera ha alcanzado tales dimensiones que no respeta ni el sagrado ayuno de agosto. Ni siquiera el éxtasis de Johannesburgo ha servido para concederse una pausa durante la que los hinchas descubrieran que hay vida después del fútbol, aunque sea vida vegetativa, y los no aficionados pudiesen leer periódicos que no tuvieran forma de balón. Sin dar tiempo a lavar las camisetas del año pasado, la liga vuelve a accionar su noria trayendo cierta sensación de cosa vista, de cantinela tediosa que se plagia a sí misma.

Pero si uno observa con atención las evoluciones de los protagonistas percibe alguna novedad distinta de los consabidos cambios de cromos. El fútbol, además de ser un arma de distracción masiva, un colosal negocio, una religión intocable, tiene otras propiedades. Una de ellas es la capacidad de creación lingüística. No sólo inventa palabras y modismos que acaban cuajando en el habla común ―desde «meter un gol» a alguien hasta «casarse de penalti»―, sino que pone de moda términos ya existentes que por alguna extraña razón los hablantes repiten como contagiados por algún raro virus verbal. Así ocurrió hace poco con ese «sí o sí» que empezó aplicándose a la necesidad de ganar un partido ‘sea como sea’ o ‘de cualquier manera’, y que ya ha conseguido desplazar a estas locuciones incluso en el habla política.

Pues bien, lo nuevo de este año es el uso del verbo «crecer». Lo habrán notado. No hay nuevo fichaje que no se incorpore a filas dispuesto a «seguir creciendo» como futbolista ni equipo cuyo objetivo principal no sea «crecer» en la competición. Una de dos: o los jugadores son enanitos o leen demasiados libros de autoayuda, cosa bastante improbable. La aspiración de crecer (no mejorar, avanzar, madurar, perfeccionarse, subir de categoría o de cotización: crecer) es un motivo recurrente en todas las declaraciones. Esa vocación de geranio habla de la falsa modestia con que el nuevo modelo de estrella deportiva se muestra ante la masa, sin ningún engreimiento, con humildad de aprendiz. Pero también insinúa el reconocimiento de la simpleza pueril que late en la sustancia del fútbol: un juego practicado por niños para infantilizar a otros niños, todos ellos necesitados de crecer. Y no lo dice quien escribe estas líneas, sino los propios protagonistas. No les exijan victorias; limítense a seguir sus andanzas con un metro en la mano. A ver si crecen de una vez. Y callan.

Publicado en El Correo, 27.8.2010

(Lo que no sabía es que también lo dicen los jugadores de baloncesto, cosa que no deja de tener su miga).

26 de agosto de 2010

CÓNYUGE

Qué decir de ese señor alcalde que oficia la ceremonia de boda, y que se presenta en el salón ataviado a tono con el acontecimiento, o sea, en mangas de camisa, remangado hasta arriba del codo, el pecho al aire, y tramita el asunto de un plumazo, limitándose a recitar el formulario, si bien peleando denodadamente contra cierta dificultad lectora que le obliga varias veces a detenerse a mitad de párrafo y volver al principio, y que, para redondear la solemnidad y el alto nivel del acto, pronuncia en tres ocasiones «cónyugues» (sic), tras lo cual, después de haber hecho firmar a los contrayentes y los testigos con unos bolis bic cristal mordisqueados, da por terminada la ceremonia y vuelve camino de su despacho con ese aire de dignidad e importancia que adquieren las autoridades en las grandes ocasiones. Cónyugues, vaya.



Pero ya lo vio Cervantes hace cuatro siglos:

BACHILLER.― Vaya de examen, pues.
HUMILLOS.― De examen venga.
BACHILLER.― ¿Sabéis leer, Humillos?
HUMILLOS.― No, por cierto, / ni tal se probará que en mi linaje / haya persona de tan poco asiento, / que se ponga a aprender esas quimeras, / que llevan a los hombres al brasero, / y a las mujeres a la casa llana. / Leer no sé, mas sé otras cosas tales / que llevan al leer muchas ventajas.
BACHILLER.― Y ¿cuáles cosas son?
HUMILLOS.― Sé de memoria / todas cuatro oraciones, y las rezo / cada semana cuatro y cinco veces.
RANA.― Y ¿con eso pensáis de ser alcalde?
HUMILLOS.― Con esto, y con ser yo cristiano viejo, / me atrevo a ser un senador romano.




(Miguel de Cervantes, La elección de los alcaldes de Daganzo, en Entremeses, ed. de Florencio Sevilla Arroyo).

24 de agosto de 2010

SOL DE JUSTICIA

Días de calor sofocante.

―Cae un sol de justicia ―dicen.

Con el verano regresan algunas manifestaciones de prosa derretida como esa que invariablemente relaciona los calores con el «sol de justicia». Es la imagen del mediodía despejado, con el sol en lo alto como un verdugo implacable que imparte su «justicia» y aplica la condena de forma inmisericorde. Que «ajusticia», diría la ministra Chacón. Pero la locución, por gráfica que sea, tiene otro origen bien distinto. Desde los primeros tiempos del cristianismo fue costumbre referirse a la figura de Jesucristo con metáforas elogiosas, relativas a sus atributos y cualidades superiores. Entre estas imágenes destacaba la de «Sol Iustitiae» o «Sol de justicia», una de las muchas en que la imagen divina hereda la forma simbólica de otras divinidades paganas precedentes. Así lo menciona Fray Luis de León en De los nombres de Cristo, y con ese aspecto aparece pintado en abundantes cuadros, frescos, retablos y estampas religiosas donde se le muestra emanando rayos luminosos.




El «sol de justicia» aplicado a la intensidad del calor solar deriva, por tanto, de los sermones y los rezos de iglesia, en los que muchas veces los fieles no captaban el sentido sino la literalidad. Por eso no es de extrañar que lo sacaran fuera del templo para dar más énfasis a los rigores de la canícula, sin prestar demasiada atención a su significado. Es el tiempo quien hizo el resto, vinculando la inclemencia del astro con la supuesta dureza de la justicia, y encontrando una metáfora donde no la había.

23 de agosto de 2010

Piquiponadas de ministra

Uno de los desvaríos lingüísticos que se atribuyen al inefable Joan Pich i Pon se produjo en un discurso suyo pronunciado desde el balcón principal del ayuntamiento barcelonés. El entonces alcalde de la Ciudad Condal atravesaba una temporada difícil, acusado de enriquecimiento ilícito. Sin embargo le acababan de entregar una distinción honorífica, que él recibió como una reparación personal a la que correspondió con estas palabras: «Por fin me han ajusticiado».

Quería decir, claro, que por fin le habían «hecho justicia». Décadas después, la ministra de Defensa Carme Chacón ―paisana, por cierto, del legendario alcalde― ha rememorado aquella antológica piquiponada al decir, a propósito de los piratas somalíes capturados en la operación Atalanta, que va a buscar «los acuerdos necesarios para que puedan ser ajusticiados con procesos justos».

Seguramente los piratas han dado muchos quebraderos de cabeza a nuestra ministra, pero no sé si eso es razón suficiente para anunciar medidas tan drásticas. Tal vez bastaría con que se les «juzgue», se les «enjuicie» o se les «aplique la justicia». Más que nada, porque para «ajusticiarlos» habría que cambiar la Constitución.

11 de agosto de 2010

'BALCONING'



Así que balconing. Bueno. Al oírlo en la tele uno pensó que se trataba de la ocurrencia léxica de algún becario. Porque este verano los becarios vienen pegando como nunca en todas las cadenas, en la radio, en la prensa. Pero no. El neologismo aparece en varios sitios, tal vez porque la actividad hace furor en las concurridas residencias para adolescentes borrachos de nuestro animado litoral.

8 de agosto de 2010

Imagen


No cabe duda de que la gente cuida cada vez más su imagen. Especialmente los jóvenes, ellos y ellas. Da gusto verlos tan acicalados, tan pizpiretos, marcando tendencia. Son conscientes de que vivimos en la era de las apariencias y de que, dada la vertiginosa velocidad con que se suceden nuestros encuentros personales, es forzoso causar una impresión favorable al primer vistazo. Al menos esa es la explicación que nos brindan los sociólogos. Si no caes bien de golpe, estás perdido. De ahí su preocupación por tallarse el cuerpo en el gimnasio y bruñirlo en el solárium. Y los cortes de pelo. Y las cremitas. Y esas arrugas, por Dios, con lo sencillo que resulta pedirle a papá que nos costee un planchado de piel, un recauchutado de labios, una liposucción de flancos. En cuanto a la ropa, hay que salir de casa hecho un pincel, las camisas impecables y los pantalones a la medida exacta. Hasta aquí, perfecto. Un poco obsesivo tal vez, pero señal de cierta inquietud artística y hasta se diría que de respeto por uno mismo y por los demás. Lo sorprendente es que en toda esa operación de alta cosmética se haya desatendido otro signo externo del buen gusto: el uso de la lengua. Ves un chaval aseado, cuidadosamente vestido, de gestos exquisitos y oliendo a nardos, que nada más abrir la boca suelta una ordinariez a medio camino entre el eructo y la cacofonía. O la niña que va hecha un brazo de mar, derramando lisura, se diría que recién bajada de una pasarela de moda, pero que berrea por el móvil a voz en grito con sintaxis balbuciente y léxico de gañán. La extrañeza aumenta con la sospecha de que se expresan así deliberadamente, como si esos tacos o esos solecismos fueran el complemento idóneo para redondear la imagen pretendida. Uno se pregunta quién les ha engañado. De dónde habrán sacado la errónea conclusión suicida de que hablar bien afea el aspecto, y en cambio maltratar el idioma y los oídos ajenos forma parte de la fina estampa. El caso es que ahí van, bárbaros disfrazados de dandys, delicadas damiselas que envuelven una vacaburra, condenados todos a darse el tortazo en las entrevistas de trabajo. Una lástima.


Publicado en Diario de Navarra, 7 agosto 2010