30 de diciembre de 2010

PORNOMISERIA

Ya nadie teme a la palabra «telebasura». El término, felizmente incorporado al español a finales del siglo XX, se ha convertido en la práctica en un tecnicismo de la comunicación audiovisual. Despojado ya de sus connotaciones críticas, mansamente dulcificado, define más que descalifica. Salvo en honrosas excepciones, hablar hoy de televisión basura es incurrir en un desgastado pleonasmo. Por eso se percibe la necesidad de hallar nuevos vocablos para designar los subproductos más vomitivos, los programas aún insoportables, esos que aún conservan la facultad de dar arcadas incluso al espectador omnívoro acostumbrado a tragar la bazofia de la telebasura tradicional. Y se empieza a oír otra palabra compuesta: «pornomiseria». No es nueva del todo. Surgió hace cuatro décadas en Colombia, en la jerga del cine, aplicada a cierto tipo de películas documentales que se recreaban en la exhibición de la pobreza y la marginalidad social. La obscenidad residía en el hecho de disfrazar de denuncia realista lo que estaba ideado para hacer de la miseria un espectáculo, para explotar el sensacionalismo del harapo y el crimen: igual que los nuevos espacios de la telebasura disfrazados de testimonio social. El equivalente inglés de «pornomiseria» es más reciente. Se empezó a hablar de «poverty porn» a raíz del estreno de 'Slumdog millionaire', el filme de Danny Boyle sobre los arrabales de Mumbay que consiguió el Oscar de 2009. En la alocada carrera tras el sensacionalismo en que se ha sumido la televisión, «pornomiseria» se revela como una posibilidad para poner nombre a su actitud y a sus programaciones, más allá de la simple y se diría que inocente «telebasura».

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