Las palabras de la tribu
27 de febrero de 2012
NOMOFOBIA
Solo hay un vicio que supera en estupidez a la manía incontrolada de crear palabras nuevas : la manía de inventar enfermedades nuevas.
26 de febrero de 2012
Adjetivos a pares
Se
ve que la reforma laboral está llamada a coleccionar adjetivos. Primero la
anunciaron «completa, equilibrada y útil» (Fátima Báñez, ministra de Empleo);
luego fue «amplia y profunda» (Mariano Rajoy); más tarde, aunque dicho por lo bajinis,
«extremadamente agresiva» (Luis de Guindos, ministro de Economía); y,
finalmente, «justa y necesaria» (Rajoy otra vez). De todas las clases de
palabras, el adjetivo es la que ofrece más cauce a lo subjetivo, la más
valorativa, la más apta para modalizar el discurso y cargarlo de expresividad,
generalmente a cambio de sembrar la confusión entre los oyentes. Decía Pla que
en toda su vida no había hecho otra cosa que andar detrás de los adjetivos
hasta encontrar el exacto para cada nombre. El político va en la dirección
contraria: lo que busca en el adjetivo no es la exactitud, sino la vaguedad. Y
si es preciso, por partida doble. Llama la atención la tendencia del lenguaje
político a emparejar adjetivos en fórmula fijas del estilo «puro y duro» (ya no
hay nada «puro» que no parezca obligado a ser también «duro», como si lo uno
tuviera que llevar a lo otro), o «claro y contundente» (¿acabaremos diciendo
que el agua o la luz son «claras y contundentes»?). Ahora le ha tocado a
la reforma, que al decir de Rajoy es «justa y necesaria»: otra pareja de hecho
en la neolengua de los tópicos. A nadie se le escapa la raigambre litúrgica de
la expresión, que no apunta tanto a la exactitud planiana como a la idea de
firmeza, de convicción y de seguridad. Tal vez hubiera bastado con calificar la
reforma de «necesaria», un adjetivo que se acerca a la verdad. Pero, ¿cómo no
añadirle ese dudoso «justa», que parece ir en el lote y de paso la legitima y
le otorga dignidad?
23 de febrero de 2012
20 de febrero de 2012
18 de febrero de 2012
Iconos, íconos, ídolos
Una
nueva categoría en el desconcertante universo de la fama: el «icono». Parece
ser que la alcanzan las personalidades destacadas en un área de actividad
(«Antoni Tàpies, icono del arte abstracto», reza un titular de prensa),
aclamadas por un público numeroso («Murió Whitney Houston, un icono de la
música pop», se puede leer en otro) o representativas de una corriente, estilo,
tendencia o valor («Montaigne, icono de la libertad», según otro). Pero no es
ese el significado de «icono» (o «ícono», en pronunciación esdrújula también
admitida por la RAE). De referirse en origen a las figuras religiosas del arte
bizantino, el término «icono» pasó a
designar otras imágenes y signos, y en particular aquellos que la Semiología
clasifica agrupados bajo un rasgo común: la semejanza con el referente. Así,
los «iconos» se oponen a los «símbolos» puesto que, mientras los primeros se
parecen a la cosa representada (como ocurre en las señales de tráfico donde
aparece la silueta de un caminante para advertir de un paso de peatones, o en
las figuras del ordenador donde el dibujo de una pluma remite a una aplicación
de tratamiento de textos), en los segundos esa relación es arbitraria. Así pues,
con este nuevo uso de «icono» asistimos a la anomalía semántica de que una
palabra invada el terreno de otra con significado opuesto. Un cantante famoso,
un escritor clásico o un pintor de primer orden pueden ser «símbolos», o, si se
prefiere, «emblemas», «figuras», «divisas» o «ejemplos» de aquello con lo que
se les relaciona. Pero de ningún modo «iconos», por muy admirados que sean. Y
si de veneraciones hablamos, para eso está mejor «ídolo», de fonética tan
cercana: 'persona o cosa amada o admirada con exaltación'.
15 de febrero de 2012
La sintaxis lastimada
Cuando las consecuencias del desaguisado llegan hasta la sintaxis, es que la cosa tiene poco arreglo.
11 de febrero de 2012
Ser muy de
Conversan dos jóvenes sobre cine, y uno dice: «Soy muy de
Almodóvar, pero 'La piel que habito' me ha aburrido». Quiere decir que le
gustan las películas del escritor manchego, pero parece como si a través del
giro «ser muy de» convirtiera su preferencia en señal de identidad más allá de
un simple gusto o de una afición. No deja de ser curioso el éxito de esta
fórmula coloquial de tan corto tiempo de vida, que hoy encontramos a todas
horas para sustituir a verbos de costumbre («no soy muy de levantarme pronto»,
«soy mucho de ir en autobús», en vez de «suelo», «estoy habituado», «frecuento»
o «acostumbro») y de preferencia («soy mucho de ropas oscuras», «no soy muy de
verduras», en vez de «me gustan», «me inclino por», «prefiero») o sustituyendo
a construcciones atributivas con adjetivo del tipo «ser devoto (o partidario) de»,
«ser aficionado a» o «ser dado a». El giro, que recurre indistintamente a los
adverbios «mucho» y «muy» aunque a veces puede presentarse sin ninguno de los
dos, prefiere la primera persona del verbo sobre la segunda y la tercera y se
emplea más en el modo negativo que en el afirmativo. Da la impresión de que el
hablante, a la vez que se describe manifestando sus inclinaciones o sus fobias,
trata de atenuar eufemísticamente esa toma de postura mediante el recurso a la
litotes: el viejo procedimiento de negar una cosa para afirmar la contraria. El
agnóstico dice «no soy mucho de rezos» y el abstemio «no soy muy de beber». El
mal estudiante reconoce que no es mucho de hincar los codos. Y el ecologista,
que no es muy de conducir coches. Si bien se mira, son hermosas declaraciones de
tolerancia.
9 de febrero de 2012
8 de febrero de 2012
Concurso de traslados
Entre las ofensas al orden lingüístico a las que nos tiene
acostumbrados el lenguaje de la política se encuentra el uso del verbo
«trasladar» con el sentido de «transmitir». Es cierto que en ocasiones pueden
actuar como sinónimos y que nada impide decir de alguien que «ha trasladado» a
otro el mensaje recibido de un tercero («los sindicatos trasladaron a la
patronal la decisión de la asamblea»); pero al hablar de las comunicaciones
directas y normales entre un emisor y un receptor es preferible «transmitir».
Por alguna extraña razón «trasladar» se ha convertido en una de esas palabras
magnéticas que afloran a cada paso en boca de nuestros representantes, y que la
prensa difunde con un entusiasmo digno de mejor causa. Estos días hemos podido
leer enunciados del tipo «la Diputación traslada a los ayuntamientos que no
puede aplazar su deuda» o «el alcalde trasladó al vecindario que no podrán
realizarse las obras». En ambos casos el complemento directo ya no está ocupado
por un nombre sino por una oración, lo cual aconseja recurrir a cualquier otro
de los muchos verbos de comunicación que tanto abundan en nuestro léxico:
decir, informar, expresar, declarar, anunciar, advertir, indicar, opinar,
manifestar, etcétera.
Sin embargo la fuerza de las modas es arrolladora, y «trasladar» se está imponiendo incluso en casos donde desaparece la mención del destinatario mediante el correspondiente complemento indirecto: «el comité de empresa ha trasladado que los paros continuarán indefinidamente», «Criado ha trasladado que este lunes es un día triste para los vilalbeses». Tanto traslado acaba mareando; con lo sencillo que sería limitarse a «decir» las cosas.
7 de febrero de 2012
31 de enero de 2012
EXPRESOS
A
partir de la Ortografía de 2010, la norma sobre la escritura de prefijos
establece con carácter general que estos «deben escribirse siempre soldados
gráficamente a la base a la que afectan». Así pues, lo correcto es escribir
«antiniebla» y no «anti-niebla», «pronuclear» y no «pro nuclear» y
«superamable» y no «súper amable». En ese sentido corrige las ambiguas y algo
imprecisas orientaciones anteriores, que en unos casos proponían la unión del
prefijo y el lexema, mientras que en otros recomendaban el uso del guion («guion»
ahora sin tilde, recuérdese) o la separación con espacio intermedio. No
obstante, sigue habiendo excepciones. Cuando la base es un nombre propio (que,
por tanto, lleva mayúscula inicial), entre esta y el prefijo ha de colocarse el
guion: «anti-Barça»; lo mismo ocurre si la base es un número escrito en cifras:
«sub-23». Si la base no es univerbal sino que está formada por dos palabras
independientes, detrás del prefijo se abre un espacio separador («vice primer
ministro» y no «viceprimer ministro»). El prefijo «ex» no escapa a esta
regulación, pese a que algunos pretenden aplicarle un régimen ortográfico
singular, justificado tal vez por el hecho de que la vieja norma imponía su
escritura separada («ex presidente», «ex compañero», «ex jugador»). De modo que
la persona que ha salido de la cárcel ya no es un «ex-preso» ni un «ex preso»,
sino un «expreso». No atina esta vez la Fundéu al tratar de dar bula al término
y recomendar el uso del guion («ex-preso») para evitar la homonimia con el tren
«expreso» y tal vez el café «expreso». En castellano hay homónimos y homógrafos
a miles, y el hablante se ha acostumbrado a manejarlos sin el menor
problema.
23 de enero de 2012
*OMEOPATÍA
A fin de cuentas, la homeopatía consiste en disolver y disolver elementos hasta la mínima expresión, así que no es raro que en el proceso haya perdido alguna letra. Lo que asusta en el rótulo de la parafarmacia uno no es tanto la falta ortográfica del principio como los puntos suspensivos del final, que anuncian quién sabe qué productos y tratamientos no especificados.
Vía
*PEGADERO
Había
oído alguna vez el sustantivo «pegadero» con el valor de ‘lodazal’ o ‘cenagal’,
que aunque no figura en el diccionario se emplea al parecer en algunos países de
América. Pero nunca había encontrado el término usado como adjetivo. ¿Qué puede
ser un mito pegadero? ¿Un mito con mucha pegada, tal vez? Cuando el lenguaje de
los deportes se lanza a la fantasía retórica puede dar resultados fantásticos.
22 de enero de 2012
Densidad
En
la jerga informática lo llaman «densidad
de palabras». Es un indicador que viene expresado en porcentajes y mide la presencia de una determinada palabra
dentro de un texto electrónico. Si en un
escrito de 500 palabras un mismo término se repite 10 veces, su densidad es del
2 %. Si lo hace 25, alcanza una densidad
del 5. ¿Qué utilidad tiene conocerlo? En la babel de hoy en día, para lograr
que un mensaje llegue a sus destinatarios no basta con que esté bien elaborado
y ofrezca una buena información; necesita además colocarse a la vista para no
ser engullido por la barahúnda ambiental. Es lo que se conoce como «posicionamiento». Una página web está mejor posicionada cuando
los buscadores la destacan en lugar preferente, cosa que se logra incrementando
la densidad de palabras clave en el contenido de la página, aparte de otros
factores. La consecuencia es que los autores de textos destinados a su difusión
por Internet no aspiran tanto a redactarlos bien como a situarlos allá donde
alcancen mayor presencia (o, dicho en los términos al uso, mayor visibilidad,
popularidad, optimización). Lejos quedan aquellos preceptos según los cuales
había que evitar las repeticiones léxicas porque afeaban el texto. Ya no hay
que recurrir a los sinónimos o los hiperónimos para evitar la reiteración
cansina. Al contrario, la virtud está en la machaconería. El espesor triunfa como norma de estilo. La
densidad enriquece, al menos hasta el límite del 5 o el 6 por ciento. A partir
de ese punto —dicen quienes saben de esto—la inteligencia de los motores de
búsqueda más complejos detecta los intentos de hacerse sitio a empujones y
envía la página correspondiente a la cola. Menos mal.
16 de enero de 2012
Molino da trigo
Es lo que
tiene la imaginación cuando se le deja volar sin control. Vayamos por partes.
Ayer ganó el equipo de casa, una buena noticia que justifica la incontinencia
verbal. El principal agente de la victoria por 2-0 fue el delantero local
Molino, autor de ambos goles. «Movió sus aspas», dice la crónica, y dice bien,
pues para eso están los molinos aunque no todos: solo los de viento toleran la
metáfora. Una figura retórica que, por cierto, adquiere el grado de alegoría desde
el momento que lo vemos extenderse a la acción de otro jugador de la plantilla,
Rubén Reyes, de quien se nos dice que «interpretó el papel del dios Eolo para
moverlas [las aspas]». No cabe duda de que estamos ante un acierto literario de
primer orden. Molino, aspas, viento, Eolo. Sin embargo todo tiene un límite del
que no conviene salir. Ah, los apellidos tentadores. ¿Cómo dejar pasar la
ocasión de referirse a la buena cosecha (de puntos) obtenida en el partido
merced a la acción de Molino? Si a los molinos va el trigo, y sabemos además
que «dar trigo» es lo mismo que resultar efectivo, que ejecutar acciones
provechosas (recuérdese que una cosa es predicar y otra dar trigo, según la
sabiduría popular), ricemos el rizo semántico y apostemos fuerte en el titular
de la crónica: «Molino da trigo». Un hallazgo que no dudaríamos en calificar de
brillante si no fuera por la inoportuna aparición de la lógica, siempre fastidiándolo todo. Y es que ningún
agricultor con dos dedos de frente se le ocurriría recurrir a un molino que diera
trigo, porque este ingenio no se ideó para eso sino para moler el trigo y como resultado dar harina. Si da
trigo, es que algo no funciona. La literatura tendrá que esperar a un nuevo
triunfo del Palencia, que visto lo visto no tardará en producirse.
15 de enero de 2012
PEDIR ESFUERZOS
No
ha sido Rajoy el único en emplear el diplomático giro «pedir un esfuerzo» para
referirse a las medidas impopulares con que el Gobierno pretende hacer frente a
la situación. Estos días la prensa pone las mismas palabras en boca del
presidente valenciano Fabra («no queda más remedio que pedir un esfuerzo
temporal a los funcionarios») y de su homólogo cántabro Diego («probablemente
haya que pedir un esfuerzo a parte de la ciudadanía»), que parecen dispuestos a
desmentir aquel axioma según el cual la crisis iba a hacernos más imaginativos.
Unos y otros se refieren, claro, a los recortes salariales y las subidas de
impuestos, que más que esfuerzos vienen a ser perjuicios directos en el
bolsillo de los afectados. Pero el matiz eufemístico no está tanto en el nombre
como en el verbo. Mientras en las acciones de «reducir», «recortar» o
«incrementar» la responsabilidad recae sobre los agentes, es decir, sobre
aquellos que han decidido tomar las correspondientes medidas, al hablar de
«pedir» el sujeto gramatical pasa a un discreto segundo plano porque la
decisión es puesta en manos del complemento indirecto. El exculpatorio lenguaje
de la política recurre habitualmente a la estratagema de dejar la pelota verbal
en el tejado del prójimo. Ahora bien, si no ordenan sino que «piden», ¿no
debería el ciudadano, en nombre del rigor semántico, reclamar su derecho a
acceder o a negarse a aquello que se le pide? El político amable simula «pedir»
esfuerzo al ciudadano, de acuerdo. En tal caso, y por mera coherencia
lingüística más que política, debería abrir un cauce para que el ciudadano
ejerza el soberano derecho que consagra el refrán: «contra
el vicio de pedir, la virtud de no dar».
12 de enero de 2012
INCUNABLE
Un incunable no es cualquier libro antiguo. En rigor solo reciben
esa denominación las obras impresas datadas antes del siglo XVI. Aunque por
extensión se tienda llamar «incunables» a los libros antiguos en
general, incluso los manuscritos, este uso es erróneo y hasta podría decirse
que fraudulento si lo aplicamos al comercio de antigüedades. Al margen de su
mayor o menor valor, el incunable tiene un límite preciso y, todo sea dicho,
arbitrario. Lo fijó el humanista Bernhard von Mallinckrodt (1591-1664) al
establecer los periodos de la historia de la imprenta. Consideró el estudioso
que el tiempo transcurrido entre el feliz invento de Gutenberg y el 1 de enero
de 1501 era la época primitiva a la que llamó «prima typographiae
incunabula». Aquí «incunabula» es expresión metafórica tomada del
latín, donde venía a designar los pañales usados para las criaturas, así como
el lugar de nacimiento de éstas. El límite señalado por Von Mallinckrodt ha
venido siendo admitido hasta hoy en bibliografías y catálogos especializados,
si bien con algunos matices. No todos los impresores de la primera época
añadían portadas o colofones a sus obras, lo cual impide a menudo conocer su
fecha de impresión. De ahí que, por más seguridad, se maneje también el límite
de 1550 (aproximadamente el primer siglo de la imprenta) para hablar
de «incunables», aunque distinguiendo entre los incunables propiamente
dichos (antes de 1501) y los «postincunables» (hasta 1550).
8 de enero de 2012
En torno al entorno
En
rigor, el «entorno» de una cosa excluye a la cosa. Al hablar del entorno de una
ciudad nos referimos a su extrarradio, a la periferia, a los aledaños, pero
nunca a sus barrios céntricos. El entorno de una persona son sus amigos y familiares
y sus relaciones sociales, pero no la persona misma. Es lo mismo que «ámbito»
en la primera de sus acepciones: ‘contorno o perímetro de un espacio o lugar’;
la salvedad reside en que por «ámbito» se entiende también el ‘espacio
comprendido dentro de límites determinados’, una ampliación semántica que los
diccionarios no registran para «entorno». De modo que, así como podemos
referirnos al «ámbito familiar» como sinónimo de «familia», en rigor no decimos
lo mismo con «el entorno familiar», que vendría a ser la parte menos cercana de
la familia y no su sinónimo eufemístico, y mucho menos el «núcleo» familiar. «Entorno»
se ha convertido en una palabra de moda propensa a otras incorrecciones más
graves que esta. La vemos usurpando el papel de la locución preposicional «en
torno» (que se escribe en dos palabras separadas) en expresiones del tipo «el
déficit se sitúa en el entorno de los ocho puntos», «la sesión se cerrará en el
entorno de las tres» o «percibe un salario en el entorno de los mil euros». Es
una construcción afectada que debe evitarse, por errónea y también por
innecesaria, pues la lengua dispone de un sinfín de procedimientos para
expresar la aproximación, desde locuciones como «en torno a» o «alrededor de»
(«la sesión se cerrará alrededor de las tres») hasta el indefinido «unos»
(«percibe un salario de unos mil euros») y fórmulas adverbiales del tipo
«aproximadamente», «más o menos», etcétera.
5 de enero de 2012
*INVISIBILIZAR
Pase el abuso del verbo visibilizar, que tan a menudo encontramos usado con el sentido de 'hacer patente', 'mostrar', 'sacar a la luz', apurando la definición más restringida que brinda el diccionario. Pero quizá sea excesivo recurrir a este antónimo inexistente (salvo en la áspera jerga sociológica y en el estomagante neoespañol de la corrección política) para lo que bien podría decirse con verbos como borrar, tapar, ocultar, esconder, disimular, velar y tantos otros. O hacer invisible, por qué no.
4 de enero de 2012
El huevo y la castaña
¿Tan extraordinario resulta que un señor mayor sea distinguido con un doctorado honoris causa como para llevar la noticia a la primera plana? El título no suele recaer en jovencitos, sino que más bien se reserva a gente de larga trayectoria y muchos años a las espaldas. Uno recuerda más de un caso de eminencias que fallecieron antes de que pudiera culminar el trámite de concesión porque la burocracia universitaria estuvo más lenta que la ley de vida. Pero ahora no ha ocurrido nada de esto. Todo se reduce a que el protagonista del notable hecho leyó su tesis doctoral con ochenta años, y el tribunal le concedió la calificación de sobresaliente cum laude, otro latinajo. Hay mucho mérito en el animoso jubilado, es cierto, y ha hecho bien el periódico dando relieve al caso. Pero adjudicarle en la prensa por error un doctorado honoris causa viene a quitar valor a su proeza, pues mientras que la mención cum laude se consigue a pulso, tras defender ante un tribunal una tesis que bien puede haber costado unos añitos de estudio e investigación, lo otro es un título honorífico sujeto a la discrecionalidad de las universidades. Vamos, que se parecen entre sí lo que un ovum a una castanea.
(Diario de Navarra, 3.1.2012)
3 de enero de 2012
INCAUTAR
Hasta
hace poco no existía el verbo «incautar». Sí, en cambio, «incautarse», con uso
pronominal, que significa ‘privar a alguien de
alguno de sus bienes como consecuencia de la relación de estos con un delito,
falta o infracción administrativa’. En la construcción oracional «incautarse» exige un complemento con la preposición «de». Así, es correcto
decir «la policía se incautó de un alijo de droga» pero no si se cambia la
frase por «la policía incautó un alijo de droga», convirtiendo «alijo» en un
erróneo complemento directo. En este caso lo correcto sería emplear verbos
transitivos que indican una acción igual o similar, tales como «caturar», «requisar» o
«decomisar». Sin embargo los recientes cambios en la norma impuestos por la
Nueva gramática de la lengua española de 2009 dan por válido el uso que antes
se consideraba incorrecto, y ya no incurre en error quien escribe «incautar una
pistola y diversa munición». Lógicamente, también es admitida la forma pasiva
antes vedada: «los billetes fueron incautados». De nuevo la costumbre se ha
impuesto sobre la regla y lo que durante un tiempo se juzgaba grave delito ha
pasado a ser autorizado por decreto. Se puede considerar un buen criterio si se
aplica a usos generalizados, como es el caso: las hemerotecas están repletas de
enunciados en los que «incautar» aparece como transitivo. Pero en tal caso es
preciso no crear confusión entre los hablantes manteniendo criterios distintos
según sea la fuente de consulta, como aquí ocurre. No estaría de más que la
versión en línea del DRAE recogiera el cambio en vez de mantener la antigua norma en colisión con lo fijado en la Nueva gramática.
2 de enero de 2012
27 de diciembre de 2011
Mural de parvulario
Habló Griñán, y él también se adhirió a la nueva moda de dar a los discursos la forma de mural de guardería, de collage escolar, de lista de palabras mágicas desparramadas como eslabones sueltos de una inexistente cadena verbal, como si el secreto del lenguaje consistiera en recitar letanías y no en articular enunciados con sentido.
26 de diciembre de 2011
Belén
Repárese en que una de las acepciones de belén es «negocio o lance que puede ocasionar contratiempos o disturbios». Así que la indicación «Belén de Navidad» en el suelo de un centro comercial puede que no sea una redundancia sino un tranquilizador aviso para clientes.
FAVORITISMO
Al conceder a otro un favor o gracia se le está favoreciendo. Pero eso no significa siempre que reciba trato de favorito. En torno a los derivados de «favor» se agrupan ciertas confusiones semánticas que dan lugar a más de un malentendido. El mayor de todos ellos, que en los últimos tiempos se produce con terca persistencia, es el que otorga a «favoritismo» el falso significado de ‘calidad de favorito en una disputa o una competencia’. Son equivocadas las expresiones del tipo «las apuestas ya reflejaban el favoritismo de Vettel en el mundial de Fórmula I» o «el favoritismo de Rajoy se acrecienta según las últimas encuestas». El hecho de que el piloto alemán fuese el principal candidato a obtener el cetro de los conductores —es decir, el «favorito»— no justifica que se le pueda atribuir ningún tipo de «favoritismo», condición que tampoco alcanza al líder popular por más que las previsiones de voto se inclinen de su lado. Ambos son «favoritos», sin duda, pero no en la acepción de ‘objeto de la preferencia o predilección de alguien’, sino como destacados en una pugna donde se encuentran en posición favorable al triunfo. El favoritismo se manifiesta no en estos casos, sino solo cuando una persona recibe un trato de favor, y con un matiz añadido: ese trato preferente es recibido de manera injusta, den perjuicio de otro u otros. Es correcto, pues, decir que un profesor actúa con favoritismo hacia un determinado alumno cuando se muestra con él más indulgente que con el resto. Pero ni Vettel ni Rajoy gozan de ventaja alguna que no hayan conquistado en buena lid. Son favoritos, es cierto, pero no por ello disfrutan de favoritismo, salvo en todo caso el de sus seguidores más leales o sus votantes incondicionales.
25 de diciembre de 2011
Hacer la cama
Usada en sentido figurado, la locución «hacer la cama» acompañada de un complemento indirecto de persona viene a indicar que alguien ha puesto una trampa a otro para perjudicarle. Los jugadores de un equipo de fútbol le hacen la cama al míster hasta lograr su destitución, y el envidioso le hace la cama al colega o al compañero cuyo puesto aspira a ocupar sembrando rumores calumniosos acerca de él. No es una expresión moderna, ni tampoco tiene un origen coloquial como se cree. Ya se encuentra en el ‘Tesoro’ de Covarrubias (1611), quien le da el significado de ‘disponer y facilitar un negocio’. Se entiende que al «hacer la cama» estamos allanando el camino para llegar a una meta, estamos poniendo los medios para alcanzar más fácilmente el resultado pretendido. Pero de este significado inicialmente favorable se pasará pronto al más negativo, por efecto de la ironía. Y así el Diccionario de Autoridades del XVIII recoge un uso del ámbito judicial, según el cual «cuando se quiere proceder contra algún reo para corregirle o castigarle, se dice: Ya se le está haciendo la cama, o se le tiene hecha la cama». En el sentido que se le da hoy a la locución, no solamente expresa la disposición de medios con los que causar un daño, sino que agrega la idea de ocultación y secreto. Para «hacer la cama» es preciso actuar sigilosamente, a escondidas o a traición, procurando que el afectado no se percate de las celadas que le tienden hasta que finalmente cae víctima del engaño. Por eso es frecuente oírlo en primera persona («me están haciendo la cama») en boca de quienes creen estar siendo objeto de complots, conspiraciones y tramas ocultas.
24 de diciembre de 2011
11 de diciembre de 2011
Buffet libre
Al mediodía, los abogados del bufete toman un descanso y bajan al bufé para almorzar. Pero no a la inversa, aunque estemos acostumbrados a ver escrito erróneamente «bufet» como sinónimo de ‘oficina’ o ‘gabinete’ y a veces algún restaurante anuncie los dudosos servicios de su «bufete». La confusión está originada por el origen común de ambos vocablos, préstamos del francés «buffet». En la lengua gala el término, de origen incierto, designaba desde la Edad Media a un mueble que bien pudo ser un simple taburete o, más adelante, un pequeño armario sin puertas donde se depositaba la vajilla, las botellas u otros útiles. Había un «buffet» o aparador para servir la mesa, y otro para escribir y tener a mano los libros de consulta. A partir de ahí la metonimia hizo su trabajo y adjudicó a la palabra que denominaba los muebles el significado de las actividades a las que servía o del recinto donde éstas se llevaban a cabo. Pero el español las adoptó de manera diferente en cada caso. Llamó «bufé» o «bufet» —las dos formas son correctas, aunque se recomienda la primera—a la comida que se ofrece en la mesa de una sola vez y que los comensales eligen a su gusto para consumirla preferentemente de pie, y también al establecimiento que brinda este servicio (que en los rótulos suele anunciarse con la f duplicada). En cambio la castellanizó en la forma «bufete» para el uso de ‘despacho (de abogados)’ (el francés prefiere en este caso «cabinet»). Aclárese, además, que solo hay bufetes en la abogacía: no son correctos los nombres «bufete de traductores» o «bufete de marketing» que se anuncian en algunas guías.
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