
Los partidarios del «lenguaje neutro» proponen, entre otras fórmulas, la sustitución de los términos masculinos o femeninos por nombres colectivos que engloban ambos sexos. Así los ciudadanos pasan a ser «
la ciudadanía», los trabajadores «
la plantilla» y los profesores «
el profesorado». A primera vista parece un procedimiento sencillo y razonable, sin duda más adecuado que los pesados desdoblamientos «ciudadanos y ciudadanas» o los forzados recursos tipográficos al uso como la barra duplicadora de «ciudadanos/as» o el signo de la arroba en «ciudadan@s». Junto a su indiscutible efecto salomónico —decir «
la audiencia» dispensa de distinguir entre «espectadores» y «espectadoras»― está la razón gramatical, que reconoce sin reservas esta clase de nombres. Pero la semántica, por el contrario, no admite de buen grado todo cambio de sustantivos individuales por colectivos: dicen cosas distintas. En cualquiera de sus variantes morfológicas de género y número, el término «
ciudadano» implica una consideración del sujeto como individuo particular que se esfuma en la masa informe y anónima de «
ciudadanía». «
Clientela» es un término sociológico, de mercado; «
los clientes» son seres de carne y hueso, tengan o no razón cuando discuten con los tenderos. Es algo en lo que parecen no haber reparado los desfacedores de tuertos sexistas, tan obsesionados con la neutralidad que incluso crean neologismos al efecto. El último que ha llegado a nuestros oídos es «
usuariado» (alternativa de «
usuarios»). Aunque no lo crean, puede encontrarse en una voluntariosa «
Guía rápida para un lenguaje no sexista» que reside en la Internet. Sin comentarios.
Publicado en 'Juego de palabras', del suplemento cultural 'Territorios' de El Correo, 12.4.08.