El
origen de la palabra «chiringuito» se remonta a «chiringo», nombre dado en Cuba
a un pequeño chorro de café que los trabajados de las plantaciones obtenían
para consumo propio. Más tarde, convertido en diminutivo, pasó a aplicarse por
ampliación metonímica a algunos bares modestos donde se servían cafés y otras
bebidas. El salto a la península se produjo a principios del XX, en Sitges, por
medio de un bar que adoptó como nombre El Chiringuito y cuyas servilletas
todavía pregonan con orgullo el título de ‘First Chiringuito in Spain’. Se dice
que quien dio la idea fue González-Ruano, veraneante fiel en Sitges y asiduo
cliente del establecimiento. Pero no parece probable si se tiene en cuenta que
el nombre del local se remonta a 1913, cuando el escritor apenas había cumplido
los diez años y aún faltaban treinta para que empezara a visitar Sitges. Del chiringo caribeño a las canciones de Georgie Dann hay un largo y
provechoso recorrido del término, hoy totalmente asentado en el castellano con
el significado de ‘bar de playa’. No conforme con ese apacible destino,
«chiringuito» empieza a extenderse en sentido figurado como sinónimo de oficina
o lugar de trabajo («ya es hora de apagar el ordenador y cerrar el
chiringuito»), negocio generalmente irregular («la policía descubrió el
chiringuito de grabaciones piratas que tenía montado») o, con intención más
irónica, organización de grandes dimensiones («ha ampliado la empresa y menudo
chiringuito tiene en el polígono»). Un caso de éxito que demuestra cómo en la
lengua cualquier palabra, por insignificante que sea, puede triunfar si le
acompañan la suerte y el favor de los hablantes.
