No
ha sido Rajoy el único en emplear el diplomático giro «pedir un esfuerzo» para
referirse a las medidas impopulares con que el Gobierno pretende hacer frente a
la situación. Estos días la prensa pone las mismas palabras en boca del
presidente valenciano Fabra («no queda más remedio que pedir un esfuerzo
temporal a los funcionarios») y de su homólogo cántabro Diego («probablemente
haya que pedir un esfuerzo a parte de la ciudadanía»), que parecen dispuestos a
desmentir aquel axioma según el cual la crisis iba a hacernos más imaginativos.
Unos y otros se refieren, claro, a los recortes salariales y las subidas de
impuestos, que más que esfuerzos vienen a ser perjuicios directos en el
bolsillo de los afectados. Pero el matiz eufemístico no está tanto en el nombre
como en el verbo. Mientras en las acciones de «reducir», «recortar» o
«incrementar» la responsabilidad recae sobre los agentes, es decir, sobre
aquellos que han decidido tomar las correspondientes medidas, al hablar de
«pedir» el sujeto gramatical pasa a un discreto segundo plano porque la
decisión es puesta en manos del complemento indirecto. El exculpatorio lenguaje
de la política recurre habitualmente a la estratagema de dejar la pelota verbal
en el tejado del prójimo. Ahora bien, si no ordenan sino que «piden», ¿no
debería el ciudadano, en nombre del rigor semántico, reclamar su derecho a
acceder o a negarse a aquello que se le pide? El político amable simula «pedir»
esfuerzo al ciudadano, de acuerdo. En tal caso, y por mera coherencia
lingüística más que política, debería abrir un cauce para que el ciudadano
ejerza el soberano derecho que consagra el refrán: «contra
el vicio de pedir, la virtud de no dar».
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15 de enero de 2012
14 de octubre de 2011
Con la que está cayendo
Hay frases que definen una época, y la de esta que nos ha tocado vivir es «con la que está cayendo». La habrán reconocido. Seguro que se les ha escapado alguna vez ese diagnóstico borroso de los tiempos, una cosa a medio camino entre el lamento y la sorpresa, entre la queja y el asombro. Es una frase incompleta, ya se habrán dado cuenta. Al artículo «la» le falta un nombre de compañía porque en realidad nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que se nos ha venido encima, si una lluvia intensa, una borrasca o un huracán de padre y muy señor mío. Pero en todo caso la elipsis apunta a una plaga bíblica de dimensiones bastante espectaculares, más allá del malestar pasajero. Al principio era una frase cautelar que advertía de la conveniencia de no cometer excesos ni embarcarse en aventuras arriesgadas mientras durase el ciclo de las vacas flacas. Algo así como que no estaba el horno para bollos, otra frase a la medida de la situación. Sin embargo, conforme las cosas han ido complicándose, la prudencia ha dado paso a la indignación y cada vez que «con la que está cayendo» aparece en el discurso es para anunciar un nuevo escándalo. Caen chuzos de punta y conforme la granizada arrecia más numerosa es la gente a la que pilla a la intemperie. Y la frase entonces anuncia la llegada de una comparación dolorosa y con ella de un agravio comparativo intolerable. En un lado de la balanza están las pérdidas de empleo, los recortes sociales, las ayudas denegadas y las negras perspectivas de futuro. En el otro, los despilfarros, las obras faraónicas, los sueldos y las dietas y las pensiones desorbitadas de gobernantes y directivos de cajas de ahorros. Indignarse no es coger una rabieta a la primera adversidad que se presente. Es percibir que en más de un caso alguien se permite saltar una barrera moral y también estética que antes no parecía tan importante. Por eso el «con la que está cayendo» precede a denuncias variopintas que tan pronto apuntan a la inauguración de un polideportivo fastuoso como al viaje a Japón de un expresidente regional o a la conversación sobre fútbol de Rajoy y Rubalcaba en la tribuna del desfile del 12 de octubre. A la luz del «con la que está cayendo» todo es hiriente, imperdonable, insultantemente obsceno, y hay en la pronunciación de la frase un intento desesperado de pedir, si no remedio, sí al menos cierta consideración con el desfavorecido que se agarra a ese argumento como última defensa. Ya que no parece haber remedio inmediato, al menos que se conserven las formas, que se observe algo de mesura en los signos externos, que las conductas no se salgan de quicio y que aquellos que no sufren en sus carnes los rigores de la crisis guarden ese silencio respetuoso que se guarda en los pasillos de los hospitales y al paso de los entierros. Con la que está cayendo, pedir eso no es pedir demasiado.
14 de septiembre de 2011
Kaká se cae
A juzgar por las noticias, una de los lesiones más frecuentes entre los jugadores de fútbol se produce al caerse de la convocatoria. He mirado en el buscador de noticias de Google y encuentro que la expresión «se cae de la convocatoria» da nada menos que 574.000 resultados, a los que habría que añadir los correspondientes a otras variables flexivas del verbo caer: se caen, se cayó, se ha caído, etcétera. La última víctima de este singular traumatismo producido en el bosque de los tópicos ha sido el delantero brasileño conocido por su hipocorístico de Kaká. Otra bonita costumbre de muchos jugadores: hacerse poner en la camiseta el nombre con que les llamaba la maestra en el parvulario. Pues bien, resulta que en un entrenamiento Kaká sufrió una caída a resultas de la cual quedó lesionado. Y eso le ha provocado una segunda caída, ahora desde lo alto de una convocatoria. El titular lo cuenta con una alegre cacofonía: «Ka-ká se cae de la con-vo-ca-toria». Desde aquí le deseamos una pronta recuperación.
27 de agosto de 2010
CRECER
Entre el final de la última temporada y el comienzo de esta que se nos viene encima, el fútbol ha estado a punto de alcanzar el ideal del movimiento perpetuo, de la orgía continuada en la que un espasmo sucede a otro sin dar tiempo al respiro. Ha habido fútbol todas las semanas, casi todos los días y a todas horas. Es un error. No hay deseo que perdure si no se le somete a la prueba de la ausencia. Para saborear algo es preciso haberlo añorado. Sin embargo la burbuja futbolera ha alcanzado tales dimensiones que no respeta ni el sagrado ayuno de agosto. Ni siquiera el éxtasis de Johannesburgo ha servido para concederse una pausa durante la que los hinchas descubrieran que hay vida después del fútbol, aunque sea vida vegetativa, y los no aficionados pudiesen leer periódicos que no tuvieran forma de balón. Sin dar tiempo a lavar las camisetas del año pasado, la liga vuelve a accionar su noria trayendo cierta sensación de cosa vista, de cantinela tediosa que se plagia a sí misma.
Pero si uno observa con atención las evoluciones de los protagonistas percibe alguna novedad distinta de los consabidos cambios de cromos. El fútbol, además de ser un arma de distracción masiva, un colosal negocio, una religión intocable, tiene otras propiedades. Una de ellas es la capacidad de creación lingüística. No sólo inventa palabras y modismos que acaban cuajando en el habla común ―desde «meter un gol» a alguien hasta «casarse de penalti»―, sino que pone de moda términos ya existentes que por alguna extraña razón los hablantes repiten como contagiados por algún raro virus verbal. Así ocurrió hace poco con ese «sí o sí» que empezó aplicándose a la necesidad de ganar un partido ‘sea como sea’ o ‘de cualquier manera’, y que ya ha conseguido desplazar a estas locuciones incluso en el habla política.
Pues bien, lo nuevo de este año es el uso del verbo «crecer». Lo habrán notado. No hay nuevo fichaje que no se incorpore a filas dispuesto a «seguir creciendo» como futbolista ni equipo cuyo objetivo principal no sea «crecer» en la competición. Una de dos: o los jugadores son enanitos o leen demasiados libros de autoayuda, cosa bastante improbable. La aspiración de crecer (no mejorar, avanzar, madurar, perfeccionarse, subir de categoría o de cotización: crecer) es un motivo recurrente en todas las declaraciones. Esa vocación de geranio habla de la falsa modestia con que el nuevo modelo de estrella deportiva se muestra ante la masa, sin ningún engreimiento, con humildad de aprendiz. Pero también insinúa el reconocimiento de la simpleza pueril que late en la sustancia del fútbol: un juego practicado por niños para infantilizar a otros niños, todos ellos necesitados de crecer. Y no lo dice quien escribe estas líneas, sino los propios protagonistas. No les exijan victorias; limítense a seguir sus andanzas con un metro en la mano. A ver si crecen de una vez. Y callan.
Pero si uno observa con atención las evoluciones de los protagonistas percibe alguna novedad distinta de los consabidos cambios de cromos. El fútbol, además de ser un arma de distracción masiva, un colosal negocio, una religión intocable, tiene otras propiedades. Una de ellas es la capacidad de creación lingüística. No sólo inventa palabras y modismos que acaban cuajando en el habla común ―desde «meter un gol» a alguien hasta «casarse de penalti»―, sino que pone de moda términos ya existentes que por alguna extraña razón los hablantes repiten como contagiados por algún raro virus verbal. Así ocurrió hace poco con ese «sí o sí» que empezó aplicándose a la necesidad de ganar un partido ‘sea como sea’ o ‘de cualquier manera’, y que ya ha conseguido desplazar a estas locuciones incluso en el habla política.
Pues bien, lo nuevo de este año es el uso del verbo «crecer». Lo habrán notado. No hay nuevo fichaje que no se incorpore a filas dispuesto a «seguir creciendo» como futbolista ni equipo cuyo objetivo principal no sea «crecer» en la competición. Una de dos: o los jugadores son enanitos o leen demasiados libros de autoayuda, cosa bastante improbable. La aspiración de crecer (no mejorar, avanzar, madurar, perfeccionarse, subir de categoría o de cotización: crecer) es un motivo recurrente en todas las declaraciones. Esa vocación de geranio habla de la falsa modestia con que el nuevo modelo de estrella deportiva se muestra ante la masa, sin ningún engreimiento, con humildad de aprendiz. Pero también insinúa el reconocimiento de la simpleza pueril que late en la sustancia del fútbol: un juego practicado por niños para infantilizar a otros niños, todos ellos necesitados de crecer. Y no lo dice quien escribe estas líneas, sino los propios protagonistas. No les exijan victorias; limítense a seguir sus andanzas con un metro en la mano. A ver si crecen de una vez. Y callan.
Publicado en El Correo, 27.8.2010
(Lo que no sabía es que también lo dicen los jugadores de baloncesto, cosa que no deja de tener su miga).
16 de junio de 2010
Muertos encima de la mesa
El lugar de los cadáveres está bajo la tierra, no encima de la mesa. Las mesas son el lugar de la ingesta, el espacio donde los alimentos son depositados para consumo de los comensales. Puede ser que la lengua se haya dejado arrastrar por la corriente del tópico ―descuido imperdonable cuando se habla de víctimas―, pero también es posible que haya actuado el inconsciente y no se piense en los muertos como seres irreemplazables, personas de carne y hueso arrancadas de la vida por un capricho fanático, sino en su infame condición de piezas de un tablero de ajedrez. Porque la expresión figurada y algo antropofágica «poner los cadáveres encima de la mesa» nació en tiempo de negociaciones siniestras, cuando los unos jugaban la baza de su legitimidad política mientras los otros argüían la más poderosa razón de sus matanzas. Los muertos eran puestos por los terroristas encima de la mesa para dejar claro que la fuerza bruta mandaba sobre la razón democrática. No hablemos a la ligera ni hagamos nuestros estos modos de decir, que tanto ofenden a los dolientes.
9 de enero de 2010
17 de octubre de 2009
ANTIGUAS PESETAS

Si nadie dice «antiguos maravedíes» ni «antiguos doblones», ¿por qué aplicar el adjetivo a otra moneda que también ha sido retirada de la circulación –aunque más recientemente- como es la peseta? Pero el sintagma parece condenado a perpetuarse. Se diría que nadie es capaz de hablar hoy en día de la unidad monetaria española del siglo pasado sin referirse a ella como «las antiguas pesetas». Como si existiesen unas «pesetas modernas» que hubieran venido a ocupar el lugar de las anteriores. El empleo enfático y redundante del epíteto tiene, sin embargo, una explicación de orden psicológico. Para algunos es la manifestación arrogante de menosprecio respecto de un tiempo pasado. Pero mucha gente acostumbra todavía a traducir a pesetas los precios en euros porque necesita la equivalencia para poder dar el valor exacto a las magnitudes medidas en la nueva moneda. Seiscientos euros son cien mil pesetas, treinta valen lo mismo que cinco mil. Esa operación mental no siempre se expresa en voz alta. Con mayor o menor esfuerzo, el viejo intenta disimular que sus escalas pertenecen a otra época, que no consigue ponerse del todo al día, que está condenado a cargar de por vida con una calculadora imaginaria que convierta los euros en pesetas y a la inversa. Pero otras veces la palabra «peseta» se nos escapa de la boca como una confesión delatora de pertenencia a un tiempo pretérito. Y entonces nos apresuramos a añadir «antiguas» para así parecer más actuales. Hay varias generaciones de españoles educados en la peseta que nunca lograrán desprenderse de su sombra, y para quienes el innecesario apéndice de «antiguas» ayuda a quitarse edad. Tal vez ahí esté la clave.
Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo, 10 octubre 2009.
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