No
ha sido Rajoy el único en emplear el diplomático giro «pedir un esfuerzo» para
referirse a las medidas impopulares con que el Gobierno pretende hacer frente a
la situación. Estos días la prensa pone las mismas palabras en boca del
presidente valenciano Fabra («no queda más remedio que pedir un esfuerzo
temporal a los funcionarios») y de su homólogo cántabro Diego («probablemente
haya que pedir un esfuerzo a parte de la ciudadanía»), que parecen dispuestos a
desmentir aquel axioma según el cual la crisis iba a hacernos más imaginativos.
Unos y otros se refieren, claro, a los recortes salariales y las subidas de
impuestos, que más que esfuerzos vienen a ser perjuicios directos en el
bolsillo de los afectados. Pero el matiz eufemístico no está tanto en el nombre
como en el verbo. Mientras en las acciones de «reducir», «recortar» o
«incrementar» la responsabilidad recae sobre los agentes, es decir, sobre
aquellos que han decidido tomar las correspondientes medidas, al hablar de
«pedir» el sujeto gramatical pasa a un discreto segundo plano porque la
decisión es puesta en manos del complemento indirecto. El exculpatorio lenguaje
de la política recurre habitualmente a la estratagema de dejar la pelota verbal
en el tejado del prójimo. Ahora bien, si no ordenan sino que «piden», ¿no
debería el ciudadano, en nombre del rigor semántico, reclamar su derecho a
acceder o a negarse a aquello que se le pide? El político amable simula «pedir»
esfuerzo al ciudadano, de acuerdo. En tal caso, y por mera coherencia
lingüística más que política, debería abrir un cauce para que el ciudadano
ejerza el soberano derecho que consagra el refrán: «contra
el vicio de pedir, la virtud de no dar».
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15 de enero de 2012
1 de febrero de 2011
Eufemismos
«Tras una larga enfermedad» es la fórmula eufemística con que el lenguaje del periodismo al uso elude la palabra «cáncer». Suele justificarse diciendo que los enfermos prefieren que sea así. Pero aquí hay una periodista de una pieza que reclamó su derecho a enfrentarse al cáncer a cara descubierta y sin tapujos verbales. Esa periodista acaba de morir. Descanse en paz.
20 de noviembre de 2010
Sujeto electoral
La izquierda abertzale siempre ha sido maestra en la fabricación de circunloquios y eufemismos para burlar la realidad y planear por encima de ella como si estuviera exenta de atender a su lógica como el resto de los mortales. Su última invención es ese «sujeto electoral» que englobaría a fuerzas como Aralar, Eusko Alkartasuna y la formación que en su caso represente a la ilegalizada Batasuna o su sucedáneo. Es decir, lo que siempre se ha llamado «agrupación» o «coalición» electoral. La necesidad de evitar el nombre exacto de las cosas parece lógica en el ámbito delictivo: si el atracador conocido como «El Solitario» se declara «expropiador de bancos» y los asesinatos terroristas son «acciones armadas» a los ojos de la hinchada que los alienta, es porque de esa manera el crimen queda dulcificado con el azúcar de las palabras. Ahora bien, cuando los proyectos se comprometen a cumplir con la legalidad no parecen necesarias las máscaras verbales. Tal vez en su nueva travesía la izquierda abertzale no ha querido desprenderse de los hábitos de escapismo lingüístico para mantener así una tradición propia, un sello de marca, una seña de identidad. Su obstinada pelea contra la evidencia ha ido siempre acompañada de una no menos terca discrepancia de la semántica. Si el sujeto es la persona que ejerce la acción, el único «sujeto electoral» posible son los ciudadanos individualmente considerados, no las formaciones que piden su voto y que serían más bien «objeto» de la elección. En otro sentido, el sintagma «objeto electoral» se ha empleado a veces para designar los señuelos humanos o materiales usados para atraer el voto. O para las urnas y las papeletas, objetos de indiscutible presencia en la liturgia de los comicios. No se sabe todavía si la izquierda abertzale conseguirá participar en la próxima consulta; pero, de momento, ya ha emprendido su particular campaña de signos. De signos dislocados, como de costumbre.
Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo.
Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo.
4 de noviembre de 2010
FALLECER

¿Pueden fallecer los pulpos? ¿O solamente «mueren», como todos los animales y el resto de seres vivos? Si bien el DRAE registra «fallecer» como sinónimo de «morir», María Moliner especifica que «fallecer» sólo es «morir una persona». Y lo mismo dice la mayoría de diccionarios solventes, fieles a la etimología del término. El verbo latino «fallere» ('fallar, faltar') dio origen a distintos vocablos, entre los cuales se encuentra el derivado «fallescer» o «fallecer». Éste empezó a usarse en la Edad Media con el mismo significado que «faller», hasta que en el siglo XVI adoptó el sentido de 'morir'. Era un eufemismo de los muchos que la cultura ha ido creando en torno a la muerte, el tabú por excelencia. Los hablantes huimos de la palabra «morir» e inventamos otras formas de referirnos al hecho definitivo en la absurda pero comprensible creencia de que ahuyentando la palabra conjuramos junto con ella el mal que representa. Y lo hacemos de muy diversas formas, desde las burlescas («estirar la pata»», «doblar la servilleta», «dejar de fumar») hasta las bravuconas («diñarla», «palmar») o las más melindrosas («expirar», «finar», «fallecer»). Pero «fallecer» da a entender que el ser muerto no sólo abandona la vida, sino que deja un hueco, que «falta», que es «echado en falta» por los otros. Es decir, encierra unas innegables connotaciones de humanización que no posee el verbo «morir», más genérico, más frío y también más directo. Las personas mueren y fallecen, los animales se limitan a morir sin más. Si el famoso y laureado pulpo Paul «ha fallecido», tal y como anunció en sus noticiarios la radio pública, es porque la fortuna le condujo en vida al mundo de los humanos y le concedió atributos que un cefalópodo nunca habría podido soñar. Nadie aclaró si le rendirían honores fúnebres, pero es probable que así fuera, y que alguien lo haya recordado en una sentida necrológica. Descanse en paz el dichoso animalito.
25 de enero de 2010
TORTILLA ESTATAL
El bar Izaro de Bilbao conquistó el título de campeón de España de tortillas de patatas (también llamada «tortilla española») del año 2009. Y lo anuncia en sus vitrinas tal como puede verse en la foto. En el local sirven un pincho de tortilla formidable, pero el cliente, que ha leído el reclamo de «tortilla estatal», percibe al comerlo un cierto saborcillo a papel del BOE. Será aprensión.
(Bilbao, 16.01.2010)
21 de enero de 2010
CHULETA
«Chuleta» es un viejo término del argot estudiantil que se mantiene hoy día en toda su plenitud. Pero el lenguaje burocrático de las universidades ya lo asedia y propone otras formas de denominar ese minúsculo trozo de papel que tantas vidas académicas ha salvado, que tantos aprobados ha procurado, que tanta picaresca estudiantil ha sostenido. Aunque la tecnología suministra nuevos artilugios y procedimientos para copiar en los exámenes, la chuleta sigue reinando en nuestras aulas. Por eso, cuando los reglamentos de la Universidad de Sevilla hablan de «objeto material involucrado en una incidencia», todos sabemos que se refieren a las entrañables chuletas, sea por la vía del sinónimo, sea por la del hiperónimo.
18 de enero de 2010
EFECTIVO

Oído en una parada de autobús:
―¿Encontraste trabajo, pues? ¿Y qué haces?
―Soy efectivo, desde hace dos años.
―¿Efectivo?
―Sí, efectivo del Ejército.
Tarde o temprano, tenía que ocurrir. Lo que empezó siendo una imprecisión estereotipada y luego pasó a convertirse en un tópico periodístico se ha empezado a instalar en el habla común como eufemismo profesional.
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