No siempre el diccionario nos saca de dudas en materia de corrección. A veces crea más confusiones, como ocurre con ciertas palabras que por alguna extraña razón presentan dos formas diferentes, ambas admitidas. En unos casos son restos de alguna vieja vacilación ortográfica que no se ha querido resolver («hierba» y «yerba», «reloj» y «reló»). En otros se debe a decisiones eternamente aplazadas acerca de la grafía de algunos neologismos («whisky» y «güisqui», «nailon» y «nilón»). Otros, en fin, mantienen términos evolucionados junto a variantes más arcaicas reacias a desaparecer, prácticamente en desuso («interrumpir» e «interromper», «rumorear» y «rumorar»). ¿Es bueno o malo para el idioma? Habrá opiniones en los dos sentidos, pero de lo que no cabe duda es de que se trata de una anomalía llamativa. ¿Por qué se puede escribir indistintamente «cebiche» y «seviche», pero no así *sebiche ni *ceviche? ¿No habría que decidirse de una vez por todas entre «flacidez» y «flaccidez», entre «feminidad» y «femineidad», entre «icono» e «ícono»? Hay casos en que el doblete de palabras crea situaciones curiosas: «forúnculo» es una deformación del más etimológico «furúnculo», pero este sin embargo está considerado por los hablantes como vulgar e incorrecto, no siéndolo. Tampoco comete ningún error quien escriba «impudicicia» en lugar de «impudicia», pues la primera de las formas no sólo está registrada, sino que es más fiel al «impudicitia» latino del que proviene. El infinitivo «pudrir» convive con «podrir», «palangana» con «palancana», «salpullido» es lo mismo que «sarpullido», y tanto vale «cantilena» como «cantinela», «marihuana» como «mariguana», «zarrapastroso» como «zaparrastroso». Y, para rizar el rizo, hay un verbo que admite hasta tres variantes correctas: «hibernar», «ivernar», «invernar». Tenemos, no cabe duda, una lengua llena de matices.
Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo, 30.01.2010.