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16 de enero de 2012

Molino da trigo



Es lo que tiene la imaginación cuando se le deja volar sin control. Vayamos por partes. Ayer ganó el equipo de casa, una buena noticia que justifica la incontinencia verbal. El principal agente de la victoria por 2-0 fue el delantero local Molino, autor de ambos goles. «Movió sus aspas», dice la crónica, y dice bien, pues para eso están los molinos aunque no todos: solo los de viento toleran la metáfora. Una figura retórica que, por cierto, adquiere el grado de alegoría desde el momento que lo vemos extenderse a la acción de otro jugador de la plantilla, Rubén Reyes, de quien se nos dice que «interpretó el papel del dios Eolo para moverlas [las aspas]». No cabe duda de que estamos ante un acierto literario de primer orden. Molino, aspas, viento, Eolo. Sin embargo todo tiene un límite del que no conviene salir. Ah, los apellidos tentadores. ¿Cómo dejar pasar la ocasión de referirse a la buena cosecha (de puntos) obtenida en el partido merced a la acción de Molino? Si a los molinos va el trigo, y sabemos además que «dar trigo» es lo mismo que resultar efectivo, que ejecutar acciones provechosas (recuérdese que una cosa es predicar y otra dar trigo, según la sabiduría popular), ricemos el rizo semántico y apostemos fuerte en el titular de la crónica: «Molino da trigo». Un hallazgo que no dudaríamos en calificar de brillante si no fuera por la inoportuna aparición de la lógica, siempre fastidiándolo todo. Y es que ningún agricultor con dos dedos de frente se le ocurriría recurrir a un molino que diera trigo, porque este ingenio no se ideó para eso sino para moler el trigo y como resultado dar harina. Si da trigo, es que algo no funciona. La literatura tendrá que esperar a un nuevo triunfo del Palencia, que visto lo visto no tardará en producirse.   

27 de agosto de 2010

CRECER


Entre el final de la última temporada y el comienzo de esta que se nos viene encima, el fútbol ha estado a punto de alcanzar el ideal del movimiento perpetuo, de la orgía continuada en la que un espasmo sucede a otro sin dar tiempo al respiro. Ha habido fútbol todas las semanas, casi todos los días y a todas horas. Es un error. No hay deseo que perdure si no se le somete a la prueba de la ausencia. Para saborear algo es preciso haberlo añorado. Sin embargo la burbuja futbolera ha alcanzado tales dimensiones que no respeta ni el sagrado ayuno de agosto. Ni siquiera el éxtasis de Johannesburgo ha servido para concederse una pausa durante la que los hinchas descubrieran que hay vida después del fútbol, aunque sea vida vegetativa, y los no aficionados pudiesen leer periódicos que no tuvieran forma de balón. Sin dar tiempo a lavar las camisetas del año pasado, la liga vuelve a accionar su noria trayendo cierta sensación de cosa vista, de cantinela tediosa que se plagia a sí misma.

Pero si uno observa con atención las evoluciones de los protagonistas percibe alguna novedad distinta de los consabidos cambios de cromos. El fútbol, además de ser un arma de distracción masiva, un colosal negocio, una religión intocable, tiene otras propiedades. Una de ellas es la capacidad de creación lingüística. No sólo inventa palabras y modismos que acaban cuajando en el habla común ―desde «meter un gol» a alguien hasta «casarse de penalti»―, sino que pone de moda términos ya existentes que por alguna extraña razón los hablantes repiten como contagiados por algún raro virus verbal. Así ocurrió hace poco con ese «sí o sí» que empezó aplicándose a la necesidad de ganar un partido ‘sea como sea’ o ‘de cualquier manera’, y que ya ha conseguido desplazar a estas locuciones incluso en el habla política.

Pues bien, lo nuevo de este año es el uso del verbo «crecer». Lo habrán notado. No hay nuevo fichaje que no se incorpore a filas dispuesto a «seguir creciendo» como futbolista ni equipo cuyo objetivo principal no sea «crecer» en la competición. Una de dos: o los jugadores son enanitos o leen demasiados libros de autoayuda, cosa bastante improbable. La aspiración de crecer (no mejorar, avanzar, madurar, perfeccionarse, subir de categoría o de cotización: crecer) es un motivo recurrente en todas las declaraciones. Esa vocación de geranio habla de la falsa modestia con que el nuevo modelo de estrella deportiva se muestra ante la masa, sin ningún engreimiento, con humildad de aprendiz. Pero también insinúa el reconocimiento de la simpleza pueril que late en la sustancia del fútbol: un juego practicado por niños para infantilizar a otros niños, todos ellos necesitados de crecer. Y no lo dice quien escribe estas líneas, sino los propios protagonistas. No les exijan victorias; limítense a seguir sus andanzas con un metro en la mano. A ver si crecen de una vez. Y callan.

Publicado en El Correo, 27.8.2010

(Lo que no sabía es que también lo dicen los jugadores de baloncesto, cosa que no deja de tener su miga).

9 de abril de 2010

Latín macarrónico


Bueno, al parecer esto es lo que hay. Que Júpiter nos coja confesados.

6 de abril de 2010

*CRUCIFICCIÓN



En torno a la Semana Santa es inevitable encontrar en los periódicos estas pinceladas de ingenio. Si a todo sufrimiento prolongado tendemos a aplicarle la metáfora del «viacrucis», ¿por qué no llamar crucifixiones a los desenlaces fatales, como el del Cholo Simeone? Finalmente no podrá comer el turrón al frente del San Lorenzo en la enloquecida Liga argentina. Pero el toque de la noticia está en una crucificción que parecería una ejecución de mentirijillas, ficticia, inventada, si no fuese porque el dimitido míster ha reconocido: «Está bien, no da para más». En bíblico, «Consummatum est» (Juan, 19, 30).

6 de febrero de 2010

Fútbol y concordancias


La denominación oficial de ciertos equipos de fútbol conserva ecos de pasadas épocas, resonancias de tiempos en que el imaginario simbólico de las colectividades se nutría de elementos hoy desaparecidos o en extinción. Por ejemplo, el sello de la realeza. Llevar en el nombre el título de «Real» ―con la consiguiente corona en el escudo― era un signo de prestigio. Aunque el naming deportivo de ahora también busca la distinción y la hipérbole, prefiere apoyarse en otros recursos más modernos, desde las siglas hasta las marcas comerciales. En el siglo XXI es difícil que alguien elija el epíteto «real» al inscribir su club en el registro de asociaciones deportivas. Pero lo cierto es que quienes ya llevan esa marca la ostentan con orgullo y sin el menor asomo de pudor republicano. Así, por ejemplo, el Real Madrid. O la Real Sociedad, a la que el universo futbolero ha concedido el privilegio de la antonomasia: es «La Real», sin más especificaciones. Pero el anacronismo también pasa factura gramatical en otros casos, como el de una Real Unión a la que todos colocan el artículo masculino («el Real Unión»). ¿Por qué la Sociedad es femenina y a la Unión se la hace masculina, siendo además clubes vecinos como quien dice? Por buscar alguna explicación, habrá que suponer que mientras los donostiarras aplican las normas de la concordancia según lo establecido, los iruneses se rigen por un omitido «club» o «equipo», masculino por tanto. Pero donde más rechina este tipo de desajustes es en el caso de el/la «Unión Deportiva Logroñés (sic)», un galimatías de géneros gramaticales sorprendente para todo el mundo excepto para la prensa y la afición riojanas. ¿Será que las bulas de que goza el deporte del balón en lo económico, lo social y lo comunicativo ―ya saben, fútbol es fútbol, como dijo alguien― se extienden también a lo lingüístico?

Publicado en el suplemento cultural 'Territorios' de El Correo, 6.2.2010

4 de febrero de 2010

TALONAZO



¿Por qué todos se empeñan en llamar taconazo a lo que es un talonazo?

27 de enero de 2010

REVULSIVO


«Revulsivo» es un término propio de la medicina y de la farmacia que se aplica a ‘todo aquello que provoca o produce revulsión’. Y la revulsión es, según el DRAE, un medio curativo consistente en «producir congestiones o inflamaciones en la superficie de la piel o de las mucosas, mediante diversos agentes físicos, químicos y aun orgánicos». Son revulsivos, por ejemplo, los purgantes y aquellos otros remedios que producen un mal menor con el fin de provocar una reacción de defensa contra otro mal peor. Hoy crece su empleo metafórico en otros ámbitos, como el de los deportes de competición: «El gol recibido por el equipo actuó como revulsivo para sus atacantes». O en las relaciones personales: «La reprimenda de sus padres fue un revulsivo para que se esforzase más en los estudios». Sin embargo, cada vez es más frecuente encontrarlo como erróneo sinónimo de «estímulo» en el sentido positivo de la palabra: «Este premio literario va a ser un revulsivo para la prometedora carrera de Fulano»; «El gol marcado [no el recibido] actuó como revulsivo para sus atacantes»; «La subida de sueldos fue un revulsivo que mejoró la productividad». No: en estos casos ha de hablarse de «aliciente» (‘cosa agradable que anima a hacer algo’, según María Moliner), «impulso», «refuerzo» o «estímulo». Para usar «revulsivo» con propiedad es necesario que haya habido un daño, por pequeño que éste sea, a resultas del cual el perjudicado cobra fuerzas, se ve espoleado, toma una decisión o pone mayor empeño y firmeza en su propósito. En cierto modo, para que algo sea revulsivo tiene que resultar al menos un poco «repulsivo».

30 de septiembre de 2009

SEXTETE



Que a un conjunto de tres triunfos se le llame «triplete», pase. Si bien triplete es un término específico de la ciencia, se puede entender que sirva para designar un trío, o sea, un conjunto de tres cosas. La futbolingua se puede permitir estas y otras licencias. Pero ¿decir «sextete», teniendo ya una voz consagrada como «sexteto»? Si el fútbol es un arte como dicen, le cuadran las palabras musicales.

El neologismo no es una simple ocurrencia de hooligans. En la pensa y la televisión futboleras ya ha quedado acuñado. Hoy mismo, en el noticiario de sobremesa de La Cuatro, ese crisóstomo de las ondas que responde al nombre de Manolo Lama preguntaba al azulgrana Xavi: «Y este año, ¿se puede hacer el sextete?».

En cualquier caso, ya que el triplete (derivado de «triple», supongo) consiste en la suma de tres títulos, la colección de seis debiera ser un derivado similar de «séxtuplo». Es decir, «sextuplete».