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9 de noviembre de 2009

REINO, *REYNO



Nos mofamos, y con sobrado motivo, del parlamentario vasco que días atrás presentó una moción referida a las recientes hinundaciones (sic), pero no preocupa gran cosa ver cómo aquí mismo se comete otro atentado contra la ortografía, con los agravantes de deliberación e insistencia. Nadie ha explicado aún por qué en rótulos oficiales, en camisetas de equipos deportivos patrocinados por organismos oficiales y en anuncios de instalaciones que van a ser construidas con fondos oficiales se lee «Reyno (sic) de Navarra» cuando los diccionarios sólo registran «reino», con i latina.




Ya sabemos de la alta autoridad que ostentan los miembros de nuestro Gobierno. Los consejeros con su presidente a la cabeza tienen poder sobre nuestros tributos, nuestras carreteras y nuestros colegios. Pueden hacer y deshacer en política de sanidad o de vivienda. Están facultados para dictar normas en materia de orden público, transportes, servicios sociales, cultura, turismo y, más aún, culturismo. Pero las normas ortográficas todavía no están bajo su dominio. En tanto no se negocien transferencias con la RAE y la ortografía pase a ser competencia foral –miedo da sólo pensarlo-, un reino es un reino y quien lo escriba de otra forma no aprueba la selectividad. Se supone que la ocurrencia responde a motivos estéticos. Algún aristotélico convencido de la superioridad de Atenas sobre Roma consideró que la y griega daba más prestancia que la latina. Y que el sello del Reyno (sic) evocaría tiempos de antiguas grandezas y de pasadas pompas y boatos palaciegos. Memeces. Uno ve escrito Reyno y saca la impresión de estar en tierra de paletos. Es como asistir a esos mercados que se hacen llamar medievales donde luego venden productos de nuevo cuño y pasean tipos ataviados con ropajes barrocos. Nos han colado una y griega absurda, apergaminada y cómica creyendo que nos daban una denominación de origen. Y, lejos de enmendar el error, lo quieren redoblar ahora colocándolo en el nombre del nuevo macrohospital. No sé a ustedes, pero a mí no me agradaría ingresar en él y que vinieran a atenderme unos curanderos del siglo XV.