13 de enero de 2026

 


'Majico'

La decadencia empieza el día en que al comprar el periódico, pedir un café o entrar en el estanco ves que todo el mundo te dice «señor». Aunque el tratamiento viene vestido de cortesía, no te dejes engañar. Es un primer aviso de que te estás haciendo viejo, de que te consienten respirar siempre y cuando no des demasiado la lata ni pretendas invadir el terreno de la gente verdaderamente joven. A veces el lenguaje es muy desconsiderado en esto de la edad. Cuanto más zalamero se muestra, más daño hacen sus heridas. Es lo que ocurre con el paso siguiente hacia la vejez, que es cuando descubres que los camareros ya no te llaman señor sino «caballero». Ahí ya vas cuesta abajo. Aunque lo digan con la mejor intención, hay en el uso de esa fórmula cierto regodeo en un respeto alambicado y arcaico, un exceso de reverencia que te destierra al pasado como si no fueses un ser del presente sino un personaje histórico. No es que te echen años encima, es que te echan a la espalda todo el peso de la heráldica. El tercer escalón es letal. Si caballero sonaba a voz de alarma, al menos conservaba un aire de dignidad que desaparece por completo cuando se dirigen a ti con el epíteto «majo», cada vez más implantado en el trato a nuestros mayores. «¿Qué te pongo, majo?» «Siéntese, majo». Ni la familiaridad no consentida, ni la supuesta cercanía que pretende transmitir, ni el tono de falsa complicidad logran ocultar su sentencia: «majo» viene a decirte que te queda un cupo limitado de telediarios y que tu reino ya es más de allá que de acá. Pero cuando el viejo ya creía haber llegado al límite de los eufemismos excluyentes, he aquí que el lenguaje da una nueva vuelta de tuerca. Por si no tenía bastante con el soterrado edadismo de señor, la ironía punzante de caballero o el fingido afecto de majo, un solícito cajero del súper y una amable empleada del banco le agasajan con el nuevo tratamiento para ancianos definitivamente descatalogados: «majico». Majico, con todo el calor del diminutivo identitario. Con el paternalismo de quien le hace ver lo frágil y vulnerable que lo considera. Con la piedad de quien no da un céntimo por él. Y al oír «majico», al viejo le viene a la memoria el implacable verso de Borges: «Piensa que de algún modo ya estás muerto».




El Roto, El País, 13 enero 2026 

 

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