26 de febrero de 2012

Adjetivos a pares


Se ve que la reforma laboral está llamada a coleccionar adjetivos. Primero la anunciaron «completa, equilibrada y útil» (Fátima Báñez, ministra de Empleo); luego fue «amplia y profunda» (Mariano Rajoy); más tarde, aunque dicho por lo bajinis, «extremadamente agresiva» (Luis de Guindos, ministro de Economía); y, finalmente, «justa y necesaria» (Rajoy otra vez). De todas las clases de palabras, el adjetivo es la que ofrece más cauce a lo subjetivo, la más valorativa, la más apta para modalizar el discurso y cargarlo de expresividad, generalmente a cambio de sembrar la confusión entre los oyentes. Decía Pla que en toda su vida no había hecho otra cosa que andar detrás de los adjetivos hasta encontrar el exacto para cada nombre. El político va en la dirección contraria: lo que busca en el adjetivo no es la exactitud, sino la vaguedad. Y si es preciso, por partida doble. Llama la atención la tendencia del lenguaje político a emparejar adjetivos en fórmula fijas del estilo «puro y duro» (ya no hay nada «puro» que no parezca obligado a ser también «duro», como si lo uno tuviera que llevar a lo otro), o «claro y contundente» (¿acabaremos diciendo que el agua o la luz son «claras y contundentes»?). Ahora le ha tocado a la reforma, que al decir de Rajoy es «justa y necesaria»: otra pareja de hecho en la neolengua de los tópicos. A nadie se le escapa la raigambre litúrgica de la expresión, que no apunta tanto a la exactitud planiana como a la idea de firmeza, de convicción y de seguridad. Tal vez hubiera bastado con calificar la reforma de «necesaria», un adjetivo que se acerca a la verdad. Pero, ¿cómo no añadirle ese dudoso «justa», que parece ir en el lote y de paso la legitima y le otorga dignidad?   

1 comentario:

jaramos.g dijo...

Extraordinario análisis, José María. Te felicito. Me gustan mucho este tipo de disecciones, tanto que también me atrevo a hacerlos a menudo. Salud(os).