4 de abril de 2009

Franco tampoco ponía tildes


EL PARTE

Rememorando los setenta años transcurridos desde el fin de la Guerra Civil, esta semana hemos oído de nuevo el último parte redactado por Franco el 1 de abril de 1939. Una pieza que con los años ha ido perdiendo dramatismo para convertirse en objeto de mofa o de parodia. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo: así empieza, seguro que les suena. El texto fue leído por Fernando Fernández de Córdoba, el locutor áulico de los sublevados, con una voz que los años también han caricaturizado, debilitado y yo diría que incluso aflautado. Pero más interesante todavía que la grabación sonora resulta el manuscrito del dictador. Lo trazó en una hoja de tamaño cuartilla con el membrete del Estado Mayor, presidido por el escudo de la gallina. En él se observa la caligrafía de un hombre victorioso y confiado, una letra enérgica que se desliza segura de sí misma, con una ligera inclinación de los renglones en ascenso conforme avanzan hacia el límite derecho del papel. Tal vez un signo de euforia, no sé. Sin embargo hay algo que llama más la atención en esas dos docenas de palabras. Es que Franco no puso la tilde en términos como «día», «ejército» o «últimos». En cambio se aseguró de colocarla en un solo caso, cuando escribe su superlativo título de «Generalísimo». Dejemos las conclusiones para los especialistas en cosas de la mente, que a buen seguro podrían decir algo sobre el ego de los tiranos y la necesidad de autoafirmación de los acomplejados. Franco pretendió hacer bandera del idioma español cuando era el primero en no cumplir sus preceptos, como atestigua el escrito. Les ocurre algo parecido a muchos políticos de ahora, y sospecho que no sólo en la lengua de Cervantes. En vez de esmerarse en usar la palabra correctamente, arremeten contra otras lenguas creyendo que de esa manera su patriotismo queda fuera de toda duda. Hoy es un anatema contra el inglés, esa arma de colonización; mañana un mandoble al sistema de enseñanza y sus ineptos agentes; al otro día un amargo lamento por los perniciosos efectos causados sobre el idioma común por la babel de lenguas oficiales y de dialectos regionales. Poco importa que esas jeremiadas suelan formularse en frases contrahechas, con barbarismos hirientes, giros infames y neologismos zafios. El toque está en erigirse guardián de las esencias, aunque entretanto caigan faltas ortográficas como en el escrito del dictador encaramado a su esdrujulísimo título. Total, por unas simples tildes.

Publicado en El Correo, 4.4.09.

2 comentarios:

César dijo...

Es evidente que lo de los políticos destrozando el idioma de una o de otra forma no viene de ahora. Y encima quieren dar lecciones.

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

A un dictador no le tiembla el pulso a la hora de escribir sin tildes.