12 de febrero de 2009

Coloquialismo

Hasta hace poco uno pensaba que el visible deterioro del idioma en nuestras comunicaciones provenía de una deficiente educación a la que se agregaba una buena dosis de desidia. Si hablábamos mal y escribíamos peor era debido a que no todo el mundo había tenido la fortuna de recibir una instrucción adecuada. Y al fin y al cabo, qué más da decir las cosas de forma correcta o incorrecta si nos hacemos entender, ¿no es cierto? Es una corriente de opinión bastante extendida contra la que no merece la pena presentar batalla. Así nos va: no solamente rodeados de anglicismos innecesarios y de latiguillos empobrecedores, sino oyendo día a día discursos imprecisos, incoherentes y zafios de boca de quienes por su oficio —los comunicadores, especialmente los radiofónicos y los televisivos— o por su rango —los políticos, los empresarios, los situados en puestos de alta representación social— pueden ejercer mayor influencia en los hablantes comunes. La lengua de hoy es una mezcla de ‘bullshit’ eufemístico y torpeza expresiva, de balbuceo cansado y de mala retórica de charlatanes. Pero el mal no se queda ahí. A la falta de habilidades lingüísticas adquiridas y al nulo interés por dominar la principal herramienta de comunicación a nuestro alcance se agrega otra dolencia creciente: un cierto reparo de hablar bien. Algo parecido al rubor, o la vergüenza, o la incomodidad de ser visto como un pedante, o acaso como un esnob engreído. Mientras del otro lado del océano siguen llegando hermanos de lengua que tienen a gala expresarse con elegancia, nosotros bajamos a los suburbios del coloquialismo y del argot. Es un mecanismo que la sociología del lenguaje reconoce en las hablas juveniles: se trata de integrarse en el grupo a base de manifestar rebeldía contra la lengua de los mayores. Lo que ocurre es que esa tendencia transgresora alcanza ya a todas las esferas, incluida la académica. Hoy en día ya es casi imposible oír una entrevista, un noticiario, una conferencia incluso, donde no caigan los tres o cuatro tacos de rigor, los modismos callejeros de moda o unas cuantas voces de jerga. Hay que ser gracioso. Hablar a la pata la llana. Huir de los registros cultos, formales o elaborados para evitar el riesgo de que nos señalen con el dedo como a proscritos. Que somos más desenvueltos que antes, de eso no cabe duda. Pero a cambio de eso vamos camino de no entendernos. De que no nos entienda ni Dios, por decirlo según la norma de la época.

3 comentarios:

Manuel Ortiz dijo...

Podría haber escrito yo mismo este texto y no haberlo hecho con tanta contención ni capacidad de síntesis.

Es cierto que hay un ridículo temor a hablar con propiedad. Pero que esto ocurra en la calle, hasta cierto punto tiene una explicación que podría situarse en el ámbito de lo psicosocial. Lo que no es de recibo es que las personas que por su profesión se ven obligadas a comunicar o que, sencillamente, tienen en la comunicación la razón de su salario, perpreten el idioma de la manera en que lo hacen. En el caso de los periodistas, es imperdonable. En el de los políticos, mueve a la risa y a la lástima.

Herel dijo...

Pues que tienes toda la razón. Parece que queremos alejarnos de ciertos estereotipos ridiculizados hasta la sociedad.

A principios del siglo pasado, por lo visto, aún la gente se esforzaba por aparentar más de lo que era. A finales del siglo nos encontramos con una situación opuesta, donde la burguesía está denostada y la clase obrera, el ser "currante" es una reivindicación de nobleza y lucha.
Las clases altas y su lenguaje contra las clases bajas y su lenguaje.
Y esto tiene su reflejo en el cine y la literatura: quiénes son los buenos y quienes los malos, quiénes son los personajes principales, en quién se focaliza. (Esto no es mío, sino de un ensayo que leí, no recuerdo de quién)

En definitiva: si hablas demasiado bien resultas raro y ridiculizable, si hablas demasiado mal también, aunque puedes ser reprobado fácilmente por tu falta de "sensibilidad". El punto medio actual está en ser correcto pero "natural", de la calle.

Cuestión de adaptación al medio.
En cuanto a los que debieran dar ejemplo, más bien piensan en ganar popularidad, "share", simpatías y votos, y si ello entra en contradicción con la correción, no hay tu tía.

Capítulo a parte se merecen los "carrozas" que pretenden dárselas de actuales y -con alevosía- sueltan ante un público demasiado joven un argot que recuerdan era juvenil cuando ellos dejaron de serlo. Ignorando que se pasó de moda hace 20 años, y no haciendo otra cosa que mostrarse como restauradores de jerga. Un vocabulario que tiene sentido entre ellos, para con sus hijos aún, pero que puede causar extrañeza con los hijos de sus hijos, produciendo un efecto opuesto al pretendido.

Herel dijo...

Me falló el subconsciente: donde dice "ridiculizados hasta la sociedad" debe decir "ridiculizados hasta la saciedad", y es que curiosamente estaba pensando en el juego de palabras.