19 de febrero de 2026


Servicial


Cuando una palabra cae en desuso suele ser debido a que se ha esfumado su referente. Ya nadie dice landó, petimetre, peseta, linotipista, sulfamida o estraperlo: otras cosas, otros oficios, otras costumbres nuevas las relegaron al olvido. Pero en este proceso de jubilación acelerada de nuestro léxico van perdiéndose también voces necesarias a las que algún extraño duende del idioma ha colgado un incómodo sambenito, la marca ominosa de lo mal visto, o quizás la sombra de un sistema de valores donde ciertas virtudes ya no encuentran acomodo. Así está ocurriendo con el adjetivo “servicial”, que hasta hace poco conservaba el color de los buenos elogios. El servicial era el dispuesto a hacer favores, a abandonar sus ocupaciones para sacar del atolladero a los otros, a regalar tiempo y empeño en beneficio ajeno sin aspirar a otra recompensa que un simple “gracias” o una sonrisa cómplice de reconocimiento.  Tenía muy presente la máxima de Quevedo: “Si haces bien para que te lo paguen, mercader eres, no bienhechor; codicioso, no caritativo”. Y al hablar en pasado no quiero decir que ya no queden personas de esta pasta; solo que su número se va reduciendo como se reducen la especies animales en vías de extinción. Tal vez somos más egoístas. Puede que hayamos perdido la capacidad de dar, de ayudar o de echar simplemente una mano sin poner la otra. Pero creo que la decadencia de la gente servicial se debe sobre todo a su mala prensa. El tipo servicial, en otro tiempo considerado persona de alta talla moral, es visto ahora como un pringado de escala subalterna. Una especie de conseguidor, de chico de los recados a quien recurrimos en caso de apuro como si su primer cometido en la vida fuera estar a nuestra disposición. O, lo que viene a ser peor: un pobre infeliz que necesita la aprobación de los otros para alimentar su autoestima y a quien, por tanto, cada vez que le endosamos una carga le estamos procurando un beneficio psicológico. Dichosa autoestima, cuántos abusos se cometen en tu nombre.  Y es que la gente de bien ya no se atreve a ser servicial por miedo a que la tomen por idiota o caiga sobre ella la insidiosa sospecha del “qué pretenderá sacarme éste”. En este camino de podredumbre la palabra “servicial” ha perdido una sílaba y muchos la confunden con “servil”. De manera que al servicial ya no le queda otro remedio que vestirse con otros adjetivos todavía nimbados de prestigio como “solidario” o “cooperante”. Pero también estos empiezan a presentar ciertos síntomas de devaluación semántica en la era del “sálvese quien pueda” y del “el que venga detrás, que arree”. Una lástima. Me refiero a la pérdida del adjetivo, que sonaban tan bien. 





13 de enero de 2026

 


'Majico'

La decadencia empieza el día en que al comprar el periódico, pedir un café o entrar en el estanco ves que todo el mundo te dice «señor». Aunque el tratamiento viene vestido de cortesía, no te dejes engañar. Es un primer aviso de que te estás haciendo viejo, de que te consienten respirar siempre y cuando no des demasiado la lata ni pretendas invadir el terreno de la gente verdaderamente joven. A veces el lenguaje es muy desconsiderado en esto de la edad. Cuanto más zalamero se muestra, más daño hacen sus heridas. Es lo que ocurre con el paso siguiente hacia la vejez, que es cuando descubres que los camareros ya no te llaman señor sino «caballero». Ahí ya vas cuesta abajo. Aunque lo digan con la mejor intención, hay en el uso de esa fórmula cierto regodeo en un respeto alambicado y arcaico, un exceso de reverencia que te destierra al pasado como si no fueses un ser del presente sino un personaje histórico. No es que te echen años encima, es que te echan a la espalda todo el peso de la heráldica. El tercer escalón es letal. Si caballero sonaba a voz de alarma, al menos conservaba un aire de dignidad que desaparece por completo cuando se dirigen a ti con el epíteto «majo», cada vez más implantado en el trato a nuestros mayores. «¿Qué te pongo, majo?» «Siéntese, majo». Ni la familiaridad no consentida, ni la supuesta cercanía que pretende transmitir, ni el tono de falsa complicidad logran ocultar su sentencia: «majo» viene a decirte que te queda un cupo limitado de telediarios y que tu reino ya es más de allá que de acá. Pero cuando el viejo ya creía haber llegado al límite de los eufemismos excluyentes, he aquí que el lenguaje da una nueva vuelta de tuerca. Por si no tenía bastante con el soterrado edadismo de señor, la ironía punzante de caballero o el fingido afecto de majo, un solícito cajero del súper y una amable empleada del banco le agasajan con el nuevo tratamiento para ancianos definitivamente descatalogados: «majico». Majico, con todo el calor del diminutivo identitario. Con el paternalismo de quien le hace ver lo frágil y vulnerable que lo considera. Con la piedad de quien no da un céntimo por él. Y al oír «majico», al viejo le viene a la memoria el implacable verso de Borges: «Piensa que de algún modo ya estás muerto».




El Roto, El País, 13 enero 2026